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Zavala, Vizcarra y su renuncia

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El premier de alguna manera digitó la quiebra política del vicepresidente, al hacerlo defender lo que resultaba indefendible.



En una democracia moderna, a un vicepresidente de la república se le cuida y se le protege. No por lo que es en sí mismo sino por lo que representa. No se le expone.

Aún si los gabinetes hacen crisis, la idea es darle al vicepresidente el mayor soporte de credibilidad dentro de lo posible, porque se trata de la persona que ha sido elegida para reemplazar al presidente en el caso de una contingencia no deseada. El vicepresidente es una reserva seleccionada para eso. Es la persona que recibe el encargo de intervenir en caso de ausencia o de emergencia. Su rol es darle tranquilidad democrática al país desde su posición. No es su función mover las aguas.

Pero aquí en el Perú pasa lo contrario. Lejos de cuidarlos y de protegerlos, a los vicepresidentes se les expone al día a día de la política. Todos recordamos cómo acabó Raúl Diez Canseco cuando fue ministro de Turismo, o las desavenencias entre el vicepresidente Waisman y Toledo que hasta ahora perduran. También los líos en los que se vio envuelto Omar Chehade, y que lo motivaron a renunciar al cargo.

Y Vizcarra no ha sido la excepción. Finalmente, un día antes de que el Congreso se pronunciase, se anuncia que el gobierno da marcha atrás en la firma del contrato de Chinchero. Y, curiosamente, casi de inmediato la empresa Kuntur Wasi emite un comunicado anunciando que evaluará tomar acciones penales. Qué rara coincidencia en día domingo.

Y obviamente ya todo el país se está preguntando si es que en el pago de la indemnización por la anulación unilateral del contrato estaba el negocio de Chinchero. A ese nivel ha llegado la desconfianza por la terca posición del Ejecutivo. ¿De cuánto será la indemnización? ¿Quienes serán los encargados de ese arbitraje en caso de que se active? ¿Cuánto le costará a los peruanos esta absurda situación creada por el gabinete Zavala? Son preguntas que pronto se tendrán que responder.

Y Fernando Zavala, el presidente del Consejo de Ministros, de una u otra forma digitó la quiebra política del vicepresidente de la república al hacerlo defender lo que resultaba indefendible. No se puede lavar las manos en este contexto como si nada hubiese pasado. Lejos de cuidarlo, lo expuso de manera irresponsable. El país lo ha visto durante estos meses.

Es, además, una vergüenza que a solo horas de la renuncia del ministro ya estén circulando nombres de personajes vinculados al círculo lobbista para reemplazarlo. Si el gobierno insiste en una visión cerrada del poder, si no hace modificaciones de fondo, si sigue subestimando y no escucha a la opinión pública y a la oposición, la próxima baja podría ser el propio Zavala. Tal vez sea hora de cambios.

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