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Opinión

¿Y si viene un terremoto?

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A diez años de la tragedia de Pisco, ha quedado en evidencia "la insoportable levedad" del tiempo en el Perú.



Han pasado diez años desde el terremoto que azotó Pisco con una magnitud de 7.9 en la escala de Richter. Dejó 595 muertos, 2291 heridos, 76 mil viviendas totalmente destruidas e inhabitables y 431 mil personas afectadas pero para el Perú (y para la ligereza con la que valora el tiempo) es un plazo cortísimo. ¡Paciencia por favor! ¡Son tan solo diez años! Vamos avanzando en borrar los rastros de destrucción y desolación. Señor exalcalde Juan Mendoza, no se desespere: ya se entregaron 13 500 títulos, le aseguramos que los 15 mil pendientes estarán listos en el transcurso de la próxima década.

Lo único que se hace con celeridad es lo prohibido, lo ilegal: rápidamente se ha construido un malecón y un hotel en la denominada “zona roja” no apta para viviendas.

En el año 2000, catorce familias indígenas del pueblo shipibo-conibo se asentaron en la parte alta de Cantagallo. Dieciséis años después y habiendo crecido exponencialmente (quinientas familias) fueron víctimas de un pavoroso incendio que evocó su memoria, orígenes y su absoluta desatención por parte del Estado. En estos días, nueve meses después, recién se están reubicando temporalmente a las 238 familias directamente afectadas, con la esperanza de que podrán regresar en el 2018, con acceso al programa Techo Propio.

Muy cerquita de nosotros, hay 30 mil familias damnificadas por el Niño Costero viviendo en carpas ubicadas en la quebrada del Huaycoloro en Chosica; y muchísimas otras en Carapongo, Huachipa; y varias centenas de miles en diversos lugares del país. Sabemos que el Gobierno está trabajando a toda marcha para atenderlas; que los ministros están muy comprometidos con las regiones que les han sido asignadas; que don Pablo de la Flor se desvive para acelerar el proceso y cumplir con los cronogramas y ofrecimientos. Sin embargo, ello no quita que hoy estemos muy frágiles y ansiosamente expectantes.

Algunas reflexiones:

1. Este año hemos sido muy castigados por la naturaleza y no quiero ni imaginar las consecuencias de un sismo en las actuales circunstancias. ¡Nos desbordaría totalmente como país! Un terremoto puede ser mucho más devastador que un Niño Costero y desafortunadamente la posibilidad está siempre  presente (expertos como Hernando Tavera han declarado que el próximo sismo podría estar en una magnitud de 8.8 en la escala de Richter). El nivel de impacto dependerá de muchos factores (epicentro, ubicación, profundidad superficial menor a 60 kms, que determina mayor peligro).

El negacionismo es la peor condición: cada ciudadano tiene su cuota de responsabilidad, acorde con sus limitaciones culturales o económicas, y debe asumirla.

2. Según el INEI, en 2007 el Perú tenía 28.5 millones de habitantes. Diez años más tarde, este número ha aumentado en 3 millones, vale decir, se ha crecido poco más del 10%. Desafortunadamente nuestra infraestructura no se ha optimizado en las mismas proporciones, lo cual es una evidente debilidad.

3. Soy algo escéptica respecto a los simulacros de sismo. Se dice que estos “ensayos” constituyen una herramienta muy útil para la adquisición de buenos hábitos en situaciones de emergencia y están destinados a capacitar a las personas para actuar dentro de determinados condicionantes físicos. Cierto… pero el tema emocional es muy complicado. El terremoto del 2007 me cogió en el piso once de un edificio relativamente moderno, pero en tres segundos las caras de pánico y gritos de horror y lágrimas de mis compañeros de trabajo trajeron abajo años de simulaciones y advertencias.

Tienes que tener la sangre demasiado fría para bajar con calma las escaleras, cuando no tienes certeza si el edificio resistirá o no sabes dónde se encuentran tu familia y seres queridos. Sin embargo, es conveniente que los simulacros sigan realizándose: es un tema de orden, disciplina y concientización de los riesgos a los que estamos expuestos. Es imperativo conocer la teoría.

4. En caso de sismo, la comunicación es esencial pero la regla de oro es no hacer llamadas desde teléfonos celulares para no saturar las redes. Debemos limitarnos a mensajes de texto y si el internet estuviera operativo a correos electrónicos o al WhatsApp, con el mínimo necesario de contenido. Es pecado mortal mandar fotos o archivos pesados.

5. La mejor forma de mantenerse informados es a través de la radio, a la que puede accederse mediante el celular. Por ello, además de la mochila salvadora es muy importante tener el teléfono siempre cargado; hay muchos dispositivos en el mercado que permiten hacerlo en forma móvil y no depender de un tomacorriente.

Un sismo es un caso fortuito (impredecible, irresistible e inevitable); por ello la prevención es nuestra única y mejor aliada. Desconocemos el día, la hora o las circunstancias. ¡No va a esperar a que concluyamos la “reconstrucción con cambios”! No escatimemos ningún esfuerzo ni posterguemos decisiones. Es nuestra obligación impedir que las consecuencias de las tragedias naturales se sigan convirtiendo en inevitables factores de retroceso de nuestro país.

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