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Opinión

¿Y nuestra vida más allá de la política?

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Nos indigna el abandono, la falta de oportunidades, la irresponsabilidad de la prensa, el divorcio de nuestras autoridades respecto a las necesidades ciudadanas, el clientelismo y descaro de los aventureros en Palacio.



Me indigna enterarme de que nuestro campeón mundial de matemáticas en el 2003, Claudio Espinoza Choquepura, ha sido internado en el hospital Hipólito Unanue por tuberculosis y severa desnutrición. En otra realidad, ese chico hubiera recibido auspicios, becas y toda suerte de apoyo para potenciar sus calidades intelectuales. Nació en el lugar equivocado, como muchas mentes brillantes pero anónimas a las que jamás se les dio una oportunidad.

Me molesta saber que solo un pequeñísimo grupo de peruanos tiene como top of mind la lucha contra la anemia en el Perú; que la Ley de Fortificación de Arroz con Hierro duerme el sueño de los justos en la Comisión de Salud; que uno de cada dos peruanos sufre de sobrepeso u obesidad y que, en consecuencia, es el candidato perfecto para la diabetes, una de las enfermedades más terribles.

Y, sobre todo, me subleva que a pesar de todo lo anterior no se haya logrado sensibilizar al irresponsable Congreso de la República, que sigue haciendo caso omiso a las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud. Vale decir, prevalece la salud financiera de la industria frente a la vida de los peruanos. Podré parecer exagerada, pero hay tanta ignorancia en temas de alimentación que los únicos recursos válidos son el abuso de alertas y la señalización.

Me incordia pensar que los limeños toman muchas de las decisiones de su día a día en función del tráfico, de esa terrible pesadilla en la que se ha convertido el transporte urbano porque los alcaldes distritales no son capaces de conciliar intereses con el metropolitano para viabilizar alguna solución. Estamos en campaña y es un año perdido. Nos abrumarán de ofertas electorales que nunca cumplirán y mientras tanto nos seguiremos asfixiando con la contaminación; nuestros ánimos se seguirán desgastando por el estrés de la tardanza, del tiempo perdido o de nuestra exposición a los delincuentes callejeros. Nuestra envejecida y descuidada ciudad es la única testigo de estas desventuras, olvidadas por aquellos que hoy sufren del síndrome de la circulina.

Tenemos una prensa que cubre el más mínimo balbuceo de cualquier político pero que es incapaz de promover una discusión transparente y sana sobre los grandes problemas nacionales, simplemente porque no es rentable o porque lo indispondría ante el que le paga los frijoles.

Tenemos a un gobierno que destaca por su clientelismo y por su intercambio de favores, con el único propósito de salvar –una vez más– el nefasto status quo. Un presidente que es capaz de admitir que genera estructuras financieras en paraísos fiscales para eludir impuestos a pesar de liderar al mismo tiempo campañas para promover la formalidad, la bancarización y el puntual pago a la Sunat. 

Tenemos una ciudadanía desesperanzada, con un presidente que en plena campaña alardeaba de haber dedicado su vida a hacer lobby solo para que la gente tenga agua potable, trabajo y seguridad (octubre de 2015), que se promocionaba como el candidato más honesto (mayo de 2016) y que terminó siendo un simple aventurero más en Palacio: otro que marchita la tenue esperanza de los peruanos.

Renuncie, presidente. Por una sola vez piense en el país.

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