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¿Y dónde está el montesinismo?

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La comidilla electoral está dejando pasar algo inadvertido: ¿a qué juega el montesinismo en esta elección?



Entretenidos en los avatares del JNE y de las tachas a los candidatos, algo está pasando inadvertido: ¿está jugando el montesinismo algún papel en esta elección?

Tanta desprolijidad de las autoridades gubernamentales y electorales para orientar el proceso electoral puede ya catalogarse de sospechosa: convocatorias de última hora, cambios de reglas de juego tardías, resoluciones contradictorias y hasta innovaciones tecnológicas que generan confusión al elector, confluyen de manera “inusual” —por decir lo menos— en el enturbiamiento de un proceso al que ya algunos no dudan en catalogar de fraudulento e ilegítimo.

¿A quién le conviene este devenir? Todos apuntan al gobierno actual, acorralado por dudas y sombras de corrupción. Pero ¿será solo al gobierno? Cuando entra el montesinismo en la ecuación, notamos que al tratarse de un aparato de poder muy eficiente cuya forma de hacer política requiere de organismos vivos en los cuales habitar, su hábitat natural son los regímenes débiles no sostenidos en organizaciones partidarias, sino en apenas liderazgos carismáticos de coyuntura.

Por eso surgió con Fujimori en los noventa y se acuñó la palabra “fujimontesinismo”. Y desde entonces, pensamos que era una sola cosa. Pero si cambiamos la hipótesis del análisis, y vemos al montesinismo como algo separado del fujimorismo o de cualquier movimiento político, encontraremos que las cosas cuadran mejor.

Efectivamente, el montesinismo surgió con el primer gobierno de Fujimori y se fortaleció en el segundo. Siguiendo con la hipótesis de trabajo, una vez maduro, necesitaba asegurar su supervivencia. Presionó por eso a la tercera —e ilegítima— reelección de Fujimori. Cuando este se debilitó, habría encontrado en Ollanta Humala y su levantamiento en el sur el relevo perfecto para seguir existiendo. Porque ni Toledo ni García ofrecían espacios suficientes para actuar, en vista de que en sus gobiernos hubo organización partidaria. Aún así, recuérdese que siempre se decía en la primera década de los dos mil que el montesinismo seguía vivo.

Siguiendo esta hipótesis, no necesitaría el montesinismo un gobierno sustentado en un partido sólido —como Fuerza Popular o el Apra— sino un nuevo cuerpo semivacío el cual habitar. Julio Guzmán era el ideal.

Pero seguirá buscando. Y mientras tanto, sus intereses estarán alineados con todo lo que se oponga al fujimorismo y al aprismo, los únicos partidos que realmente subsisten. Que estos intereses estén, de paso, alineados con los del gobierno saliente, podría ser, por cierto, mucho más que una coincidencia.

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