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Y después del referéndum, ¿qué?

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Toca detener la judicialización de la política para que la lucha contra la corrupción no sea sinónimo de encarcelamiento sin pruebas.



Martín Vizcarra ganó largamente su apuesta sobre el referéndum realizado con mucha desinformación y sin debate sobre las reformas votadas. Vizcarra, que entró por la puerta chica del reemplazo y buscaba consagración plebiscitaria, la logró.

Lamentamos que la oportunidad de tener un Senado tan necesario se haya malgastado tan caprichosamente, porque la cuestión de confianza por la cual Vizcarra la descartó ya había recibido la descalificación del Tribunal Constitucional. La consigna presidencial debió ser modificada pero eso no se produjo.

La no reelección parlamentaria inmediata conectó con  el rechazo al Congreso. Las nuevas reglas para el financiamiento de los partidos políticos aparecen indispensables para el adecentamiento de la política y marcarán la contienda del 2021. Pero terminada la euforia ahora toca gobernar y demostrar capacidad de conducir el barco a buen puerto sin demagogia, dejando de lado la búsqueda de popularidad.

Hoy toca defender las instituciones y ratificar la autonomía de los poderes del Estado; cesar los ataques a los partidos políticos para cerrar el paso a los improvisados que hacen antipolítica, sea porque quieren perseguir a los partidos como organizaciones criminales o porque los consideren innecesarios.

No es así. La política es el arte de consensuar y construir para el servicio a la comunidad. En lugar de eso, tenemos la desmedida violencia y la agresividad social con medios de comunicación que se alinean a estos ánimos poniéndose de lado del gobierno que los defendió ante la Ley Mulder. La relación medios- gobierno ha quedado distorsionada.

Y se ha visto con el espionaje a Alan García bajo el pretexto de la protección. Las explicaciones del Ministro del Interior, Carlos Morán, no han sido convincentes. Y ahora toca al gobierno proteger a su ministro interpelado en un peligroso ambiente de odios y circo romano ni democrático ni positivo.

En democracia se procesa con pruebas: y eso vale para todos. Las persecuciones, la inquina, el odio significan poner por delante el estímulo de las pasiones y dejar de lado la racionalidad. Ya no gobiernan las turbas. Hace tiempo que dejamos esa etapa en la historia de la humanidad.

Después del referéndum y del asilo negado al líder aprista los reflectores siguen sobre su persona y sobre la justicia peruana que deberá aplicarse de acuerdo a las garantías, especialmente la presunción de inocencia. Mucho más si se ha pregonado que en el Perú existe división de poderes. Toca detener la judicialización de la política para que la lucha contra la corrupción no sea sinónimo de encarcelamiento sin pruebas. No queremos que nadie escape; tampoco que se victimicen los culpables como si fueran perseguidos.

El equilibrio viene de la misma Carta Magna que establece impartición de justicia pero con garantías como la presunción de inocencia, que no se respeta cuando la prisión preventiva es la norma debiendo ser la excepción. Así lo ha dicho claramente el TC.

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