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Opinión

¿Y cuándo lavan la auriverde?

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Por lo visto, entre los parámetros de la autodenominada "reserva moral" del país está también el de la indignación selectiva.



Yo nunca lavé la bandera. Pero recuerdo haber marchado en 1997, cuando tenía 18 años y entendía que la destitución de tres miembros del Tribunal Constitucional era el nuevo y quizás más descarado de todos los ataques a la institucionalidad por parte de ese Congreso controlado por el régimen fujimorista. Recuerdo, además, que fuimos miles de universitarios espontáneos que una tarde de junio caminamos y coreamos frases de protesta, para mostrar que sí nos dábamos cuenta de que el país se estaba pudriendo y de que, además, no había voz más oportuna que la nuestra para representar la indignación de esa gente que salía a las puertas de sus casas, mientras avanzábamos por la avenida Venezuela hacia al centro de Lima, para decirnos: “Ya era hora, chicos”.

Es que, en muchos sentidos, fue una actividad de expresión auténtica, sin mucha organización y cuando aún no existían las redes sociales. Hubo, creo, muy poca pose. Es cierto que no faltaron quienes se pintaron las manos de blanco (éramos jóvenes de los noventa y nos fascinaban los simbolismos, pues), pero nadie sumergió el símbolo patrio en detergente ni, mucho menos, se autoproclamó “reserva moral”. Y hasta los políticos de oposición que quisieron subirse al coche ese día simplemente fueron abucheados, tratados de oportunistas.

Ahora, veinte años después, cuando confirmo que el país nunca dejó de pudrirse también descubro que, a fin de cuentas y a pesar de nuestra ingenua pero sincera repulsa, sí dejamos que los que se “subieran al coche” fueran otros.

Y los dejamos utilizar nuestra plataforma de indignación para obtener réditos políticos, escaños, cargos públicos de primer nivel, consultorías millonarias, sustanciosas canonjías nacionales e internacionales, todo a costa del antifujimorismo, por supuesto. Los contemplamos mientras imponían sus parámetros morales, que al final se redujeron a “si no piensas como yo eres fujimorista, corrupto, facho o (como durante la última campaña) amigo de narcos”.

Y entre todos esos parámetros reduccionistas está el de la indignación selectiva, obviamente. Miren sino cómo reaccionan hoy frente a la corrupción admitida por Odebrecht: ya decidieron que los únicos que deben ser señalados son los apristas y fujimoristas, ya quedó claro que no les importa si la empresa brasileña ha confesado a la justicia estadounidense sobornos durante los últimos tres gobiernos peruanos; mejor mirar más atrás, no vaya a ser que sus próceres antifuijimoristas, los de la historia reciente, esos que lideraron la transición y se quedaron suspendidos en el tiempo, inamovibles, dándose chamba entre ellos —hay que reconocerles la lealtad endogámica, sin duda— aparezcan como gestores de enormes intereses, como receptores de premios en efectivo contante y sonante, como sospechosos de aceptar millonarios aportes de campaña y, para más señas, como amigos felices de la vida en cuanto registro audiovisual existe de feijoada, cóctel y samba por estas tierras (ironías de la vida: justo ellos, cuya cacería de brujas se basaba en hurgar en muros de Facebook ajenos para, solo guiándose por una foto, alucinar componendas y conspiraciones, que luego alimentaban campañas de desprestigio en portales de pobre edición).

Entonces, me pregunto ingenuamente: ¿Nunca habrá una marcha como la de República Dominicana? O, peor, ¿acaso no piensan lavar la auriverde?

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