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Vladimiro Huaroc: ¡afuera!

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Si donde existe la misma razón existe el mismo derecho, al candidato a la segunda vicepresidencia de Keiko Fujimori debería aplicársele el mismo rasero que a César Acuña.



Si donde existe la misma razón existe el mismo derecho, al candidato a la segunda vicepresidencia de Keiko Fujimori debiera aplicársele el mismo rasero que a César Acuña. Al igual que este, cuya suerte ha decidido hoy en el JNE expulsándolo de la carrera electoral, el señor Huaroc ha sido filmado repartiendo víveres en un acto proselitista con toda la parafernalia partidaria de Fuerza Popular en Satipo.

Las imágenes son elocuentes y no admiten interpretaciones. Así, quien alguna vez fuera socio de Susana Villarán en Fuerza Social ha violado, lo mismo que Acuña, el artículo 42 de la ley de organizaciones políticas, por lo que debiera sufrir su misma suerte. Poco importa que Huaroc esgrima que los víveres se los entregaba a la alcaldesa de esa localidad para que ella, a su vez, los repartiera entre los pobladores. 

Tampoco importan las intenciones de Huaroc como no interesan las de Acuña.  El hecho es contra la ley y la sanción es clara. 

Si bien es cierto que la situación de incertidumbre en que se encuentra hoy el proceso electoral es fruto de una maraña legal de última hora aprobada por el Congreso en diciembre, hay que decir que lo mejor que tiene esa nueva legislación es la prohibición expresa de regalar cosas en una campaña electoral así como la sanción drástica que excluye del proceso a quien lo hiciera. Seamos claros: en el Perú y, en realidad, en toda Latinoamérica existe la asquerosa costumbre por parte del populacho de exigir regalos a los candidatos cuando estos se acercan a pedirles el voto.

Quien ha participado en campañas electorales sabe perfectamente que ni bien el candidato aparece en un “sector popular” salta inexorable la frase: ¡¿Qué me vas a regalar?! Y, pues, quien no regala es mal visto y hasta espetado por la chusma que se siente “estafada”. De ahí que todos los candidatos tengan que ir con regalos bajo el brazo creándose así la repugnante sinergia del clientelismo entre los pedigueños y los candidatos. La consecuencia es, como no puede ser de otra manera, una democracia podrida con virtudes cívicas como trapero.

Nunca faltará el demagogo que alienta la mano extendida del populacho por “necesidad”. Tal justificación parece implicar que es una ley de la vida que el necesitado pida tal o cual regalo a las autoridades o a quienes pretenden serlo. Pero no es tal.

No es una ley de la vida sino una cuestión meramente cultural. En la cosmovisión anglosajona y protestante, por ejemplo, repugna intrínsecamente al pueblo en general el hecho de la dádiva pues se siente ofendido en su dignidad. Aquí es todo lo contrario y por eso no existen democracias desarrolladas en la región. La ley que prohíbe las dádivas es entonces positiva pues los candidatos, constreñidos por las sanciones draconianas contra sus candidaturas, no podrán regalar nada y, ante el populacho que exige, tendrán la justificación de la ley.

De tal manera que si la ley sigue vigente con el tiempo, se creará un cambio cultural en que la vileza del populacho se transforme en la virtud del ciudadano, pues una sociedad digna no debe pedir ni esperar regalos; debe exigir y hacer cumplir derechos.   

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