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Vida y tiempos de un encomendero

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Llegó a pie, se hizo caballero; fue minero, estanciero, armador de barcos y facilitador de capitales a personajes VIP. Entonces se desgració. 



Tanto tiempo intercambiando ideas y nunca les había hablado de un viejo amigo llamado Lucas Martínez Vegazo, compañero de inolvidables jornadas de archivo sin tiempo. Lucas Martínez Vegazo, extremeño, tenía poca más de quince años cuando a su pueblo llegaron los Pizarro con todo el alboroto de la conquista del Perú y extendiendo la posibilidad de ir a Indias a valer más. Su vida y recorrido confirman el gran aporte de Guillermo Lohman Villena al revelar que la conquista fue una empresa económica y Luque, por ejemplo, actuó como testaferro de los Espinoza: poderoso grupo de inversionistas.

Lucas era recio, por lo cual ya en América era usual enviarlo a las entradas por comida. Al desembarcar en Tumbes, Pizarro temió una celada y le encargó a Lucas la vigilancia de la balsa del curaca Tumbalá. Salvaron la vida de milagro.

Martínez Vegazo estuvo presente en Cajamarca viendo con ojo propio al inca Atahualpa atado a una silla y llorando, horas antes de morir, por la suerte de sus hijos. El hombre de a pie invirtió el 80% de su gran ganancia en Cajamarca en comprar un caballo y a partir de ahí ganó cuatro veces más. Martínez Vegazo hizo compañía con Alonso Ruiz y al momento de repartir las encomiendas, a Lucas le tocaron indígenas en Arequipa, Moquegua, Tacna, Arica y el rico asiento minero de Tarapacá.

El socio Alonso Ruiz sufrió una temprana crisis de conciencia y regresó a España a devolver lo ganado al rey, quien lo premió con una renta permanente. Luego Ruiz se casó con la hermana de Lucas y todo quedó en familia.

Al disolver la compañía en Arequipa hicieron una lista de bienes y quedó claro que el principal activo de la empresa eran las deudas. Vaya lista. Figuraban en la lista de personas que debían buenas sumas a los socios gente de la talla del propio Pizarro, el cura Valverde, Pedro de Valdivia y otros personajes vip de la conquista.

Ya solo, Lucas se dirigió a Arequipa y al pasar por Nazca estableció singular alianza con el curaca Tix, que le regaló a su hija, Beatriz Palla, que tenía dominio sobre un importante grupo de indígenas. Establecido en Arequipa, Lucas se dedicó la explotación minera y al emprendimiento ganadero. Al cabo de una década tenía casa en Cusco, Lima y Arequipa. Poseía estancias, sementeras y vaquerías. Estableció un astillero en Ilo para armar sus barcos y es probable que haya llegado a acuñar moneda en su cordonería de Arica.

Era uno de los más poderosos del Perú y en la cumbre de su emprendimiento, cuando se daba el lujo de tener en Potosí 28 mil pesos como capital de trabajo, la política lo tentó y le torció la vida (continuará).

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