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Vargas Llosa: el cielo es el límite

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¿Asumirá nuestro Nobel alguna responsabilidad por sus "ahijados"?



¡La inteligencia se nubla con las emociones y Mario Vargas Llosa es un claro ejemplo de ello! Un hombre que le ha dado el mayor reconocimiento al Perú en las Letras y la Cultura, pero indómito e irresponsable cuando se trata de la política, pierde toda lucidez, se desmerece y se equivoca. Y el gran inconveniente es su falta de conciencia de ello, su soberbia o adulones de turno lo ensordecen ante las críticas, no le permiten ser una persona real, con defectos y carencias.

Como diría el poeta y aforista polaco Stanislaw Jeay Lec, “la obligación primaria de la inteligencia es desconfiar de ella”. El intelecto requiere un permanente escrutinio de la realidad, lo mismo que a Vargas Llosa le cuesta: él tiene su propia certeza y existencia lejos de un país que, en el fondo, le es ajeno.

Hubiera pensado que cuando recibió el título de marqués de Vargas Llosa por parte del rey Juan Carlos de España y el Premio Nobel de Literatura 2010, se habría vuelto un hombre más agradecido, más generoso de sentimientos, pero no: piensa que no es capaz de equivocarse, que está por encima del bien y del mal. Ciertas veces él mismo puede ser su peor enemigo.

Ha sido “garante” de dos presidentes que abiertamente han cometido delitos (Toledo y Humala), sin caer en cuenta de que “garante” es toda aquella persona que acepta responder por la conducta y las obligaciones de otra. Pero no se quedó en eso: también promovió la candidatura de la señora Heredia. 

Hace pocos días escribió en su columna Piedra de Toque del diario El País: “La democracia como Toledo primero, y ahora Humala, se ha visto empañada con acusaciones de malos manejos, corrupción y tráficos ilícitos. En buena hora que todo aquello se ventile hasta las últimas consecuencias y si ha habido efectivamente delito, que los delincuentes vayan a la cárcel”. ¿Ha asumido alguna responsabilidad Vargas Llosa por sus “ahijados”? No y tampoco la asumirá.

En el 2015, mientras la expareja presidencial seguía cocinando sus negociados con Odebrecht y otras delincuentes brasileñas, nuestro Premio Nobel declaraba: “La imagen del Perú en el mundo está en su mejor momento por su estabilidad institucional”. Dos años después,  estas expresiones parecen de chiste.

Se trata de un hombre que lo tiene todo y no es feliz, simplemente porque no sabe perder. No ha sabido asumir una derrota que ocurrió hace 27 años. Tras las elecciones de 1990, abandonó el país resentido para hacerle la guerra al Gobierno promoviendo por el mundo que se le suspenda toda ayuda económica al Perú, pensando solo en el fracaso de Fujimori y en la satisfacción de su ego. ¿Y los peruanos? ¡No estábamos en su línea de vista!

Desde entonces aparece ocasionalmente en la escena política, como hace unos días cuando “amenazó” a su amigo Pedro Pablo Kuczynski en caso ceda a las presiones del indulto. Y como siempre, cada cinco años, alza su voz sencillamente para apoyar, garantizar y acompañar a cualquier candidato que pueda hacerle la lucha al fujimorismo, porque su odio —como el cielo— no tienen límites.

Me pregunto cuándo nos dejó de querer Mario Vargas Llosa… es que tal vez nunca nos quiso: únicamente se dedicó a capitalizar el exotismo de ser un hombre inteligente y culto a la vez que producto de un país subdesarrollado.

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