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¡Vamos a relamernos, princesitas!

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Breve revisión de las coyas incas, crónica en mano y con ojos bien abiertos.



Acompáñeme a los tiempos prehispánicos para echarle una mirada, a vuelapluma y de la mano de Guamán Poma, a las tres primeras coyas o esposas de los incas. Habrá sorpresa. La primera de ellas, Mama Huaco, “fue muy hermosa y morena de todo el cuerpo”… o sea que le gustaba tomar baños de sol completamente desnuda. “Dicen que fue gran hechicera”, prosigue el cronista, “que hablaba con los demonios…. hacía hablar a las piedras y peñas, ídolos y guacas”.

Ahora que faltan pocos días para que salga del Palacio un presidente tenido en menos por haber dejado  que su esposa mandonee, bueno es tener presente que según Guamán Poma la primera coya “gobernaba más que su marido, Mango Capac Ynga; toda la ciudad del Cuzco le obedecieron y respetaron en toda su vida, porque hacía milagros de los demonios, nunca visto de hombres”. Pero a diferencia de la actual cónyuge saliente, Mama Uaco empezó querida y terminó querida.

La segunda coya, también hermosa, era “amiga de tener ramilletes y flores, ynquilcona, en las manos y de tener un jardín de flores”. “Con alegre cara gobernaba a sus vasallos y les regalaba”. Conmueve ver el dibujo del cronista y percibir una suerte de santarrosita prehispánica, también con flores y en su jardín.

Por si fuera poco, la recuerdan como “allin ciminguan uañurca Coya”, esto es, la reina que murió hablando lindo o sea dando profecías. Ojo, Santa Rosa no era santa aún cuando el cronista dibujó y escribió. Es un misterio gozoso la imagen de Chimbo Urma: santarrosita sin catecismo, con jardín de flores y profecías.

La tercera también es de otro lote y le tengo especial cariño pues nos acerca a comprender la condición humana y la agudeza del cronista. “Fue miserable, avarienta y mujer emperrada. Y no comía casi nada y bebía mucha chicha y de pocas cosas lloraba”. Vaya cuadro, mal humor, alcohol, anorexia. Se la recuerda como Mama Jora Ocllo aunque presumo que es un apelativo derivado de jora, de la rica chicha de jora que permitió al pueblo jugarse con su nombre, como cuando alguien dice hoy “Tolebrio”.

Pero sí había una alegría que se le conocía a esta Mama Jora. Era cuando se reunía con sus ñustas en los aposentos reales y disfrutaban bastante al grito de “llacuaricusun ñustacuna”, esto es… vamos a relamernos, princesitas. Y, por lo menos, era feliz por un momento.

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