Connect with us

Opinión

Una verdad incómoda

Publicado

el

PPK aprovechó que los peruanos, además de desmemoriados, no podemos con nuestros complejos. Y de ello concluyó que para evitar las culpas y etiquetas era mejor ir por la corrección política y apelar a la figura de la bendita "cuota" (que, si se analiza, hasta más racista resulta por ahondar precisamente en la diferencia).



Tan preocupados andábamos –andamos– con Gregorio Santos, Verónika Mendoza, Vladimir Cerrón, su adoración al chavismo y su agenda contra el capítulo económico de la actual Constitución (Artículo 60°: “El Estado reconoce el pluralismo económico. La economía nacional se sustenta en la coexistencia de diversas formas de propiedad y de empresa. Solo autorizado por ley expresa, el Estado puede realizar subsidiariamente actividad empresarial, directa o indirecta, por razón de alto interés público o de manifiesta conveniencia nacional”), que en 2016 PPK nos encajó sin darnos cuenta a varios topos estatistas que hoy –cobijados por esa aparente seguridad que otorga tener las llaves de la alacena mermelera– se permiten exudar sus más húmedos sueños e ilusiones de intervencionismo económico con total descaro, en vivo y a todo color.

Es que Kuczynski, en su desmedida ambición, vendió su alma al demonio con tal de ganar. Entre otras cosas, aprovechó que los peruanos, además de desmemoriados, no podemos con nuestros complejos. Y de ello concluyó que para evitar las culpas y etiquetas era mejor ir por la corrección política y apelar a la figura de la bendita “cuota” (que, si se analiza, hasta más racista resulta por ahondar precisamente en la diferencia).

“[Vizcarra] candidateó en una lista en la que inicialmente él estaba para ser congresista cuando entro a Peruanos por el Kambio y de pronto dijimos: ‘Necesitamos un provinciano en la plancha porque hay demasiados blancos’. Estaba Meche Aráoz y Kuczynski. Y ahí estaba Vizcarra así que dijimos: ‘Pongámoslo a Vizcarra’ y luego terminó como presidente por lo que todos sabemos”, reveló hace unos días –con toda su brucemontesdeoquedad– el congresista Carlos Bruce y desató el consiguiente, interesado e hipócrita, cargamontón mediático.

¿O es que alguno de nosotros no suponía esa probable circunstancia, conscientes no solo de lo gringo de cuerpo y mente que es Kuczynski, sino de su fascinación por lo gringo, por los que estudiaron en universidades gringas, anyway, por las gringas? ¿Acaso no era obvio que Vizcarra había llegado a esa plancha presidencial por cuota, por marketing, por echar más café a la leche? Y mejor lo dejamos ahí, porque si empezamos a deconstruir si Aráoz, Bruce, etc. son realmente blancos nunca terminamos (recordamos una célebre clase de Sociología en la PUCP sobre discriminación social y racial. La única europea presente, estudiante de intercambio, seguramente harta del largo e ingenuo debate sobre a qué nos referíamos con “blanco” y “mestizo”, pidió la palabra y nos disparó: “No sé por qué discuten tanto: yo a todos ustedes los veo iguales”. Touché. Jajajajaja).

Entonces, volviendo al tema de que Vizcarra era la “cuota” y de que somos especialistas en el olvido (o en recordar solamente lo que nos conviene): no es la primera vez y tampoco será la última.

En 2001, para el mundo Abraham Lama reportaba desde Perú: “El proceso electoral en Perú contiene una singular circunstancia política: la candidatura presidencial de la socialcristiana Lourdes Flores está secundada por el economista liberal Drago Kisic y el dirigente sindical comunista José Luis Risco, como candidatos a las dos vicepresidencias. Esta alianza, denominada Unidad Nacional, ha provocado sorpresa y reacciones hostiles o escépticas en medios empresariales y grupos izquierdistas, sectores tradicionalmente antagónicos entre los cuales Flores, dirigente del conservador Partido Popular Cristiano (PPC), trata de tender puentes”.

Lama reseñaba que Risco era el presidente de la Confederación General de Trabajadores del Perú (CGTP) y enfatizaba con intención que ” además de comunista es negro, lo que agrega un elemento étnico que ha llevado a sus adversarios políticos a acusarla de confeccionar su plancha ‘con criterio de marketing'”.

La nota, además, se nutría con las declaraciones de una funcionaria onegeísta que señalaba que “la plancha de Lourdes Flores parece un afiche de Benetton, esa empresa internacional que vende pantalones con avisos publicitarios étnicos, usando a un niñito negro al lado de uno rubio”. Huelgan comentarios.

Absortos con la volátil coyuntura actual, sale sobrando una especulación en onda distópica sobre lo que habría pasado si la variopinta Unidad Nacional se hacía con el triunfo en esa elección, pero sí vale la reflexión sobre cuán responsables somos de este último arroz con mango que en 2016 logró poner en Palacio, primero, a un gringo símbolo del capitalismo más despiadado (puerta giratoria incluida) –quien, en una ingenuidad hermana de su profunda soberbia, pensó que al menos su interesado convenio con la izquierda sería equitativo– y luego a un colectivo velasquista que suspira por un “Estado empresario”.

Mejor sería más fondo y menos maquillaje, ¿no? Porque las tibiezas en el afán de contentar a todo el mundo nos han llevado donde estamos. Y eso vale para todas las agrupaciones políticas. ¿O no nos quedó CLARO?

Imagen:

Seguir leyendo
Click para comentar

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Opinión

Negociación con rehenes

Seguir leyendo

Opinión

A la punta de la teta

Seguir leyendo

Opinión

El montesinismo está de vuelta

Seguir leyendo

Tendencias

Director: Ricardo Vásquez Kunze.


Contacto: [email protected]

Copyright © 2019 Todos los derechos reservados a favor de Político.pe. Aviso Legal. Desarrollado por Smart! Grupo Creativo