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Opinión

Una reflexión sobre los no tan santos

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¿Por qué nuestra sociedad ya no produce hombres que perciban la política como el arte de servir a la sociedad?



Los destapes de Marcelo Odebrecht ya no deben sorprender a nadie. Por un lado, nuestros gobernantes de los últimos dieciséis años han sido salpicados por una red internacional de corrupción que aún tiene mucho por decirnos. Por otro, nuestro país en particular padece de un mal endémico, ya que los diferentes partidos políticos —sin excepción— por su falta de control de calidad nos llevan a escoger representantes paupérrimos e inconsecuentes, a quienes sus propias bancadas cubren.

Lo triste de esta realidad es, precisamente, que nos hemos acostumbrado a aceptarla como un hecho natural.

Revisando la historia reciente, a los pocos meses de iniciado este gobierno la oposición interpeló al ministro de Educación mientras que la bancada oficialista no se hizo presente. Es más: su principal vocero estuvo más preocupado en solicitar resguardo policial para la inauguración de su negocio particular y no en asistir al Congreso para defender al ministro en su hora más difícil.

Igual sucede con la bancada opositora: cuentan con una mayoría absoluta pero se dedican a presentar proyectos de ley contradictorios, al tiempo que aparecen denuncias contra sus congresistas por extorsión y plagios que nos hacen recordar a los tristemente célebres “robacable” y “comepollo” del Congreso anterior. Y lo mismo se puede decir del grupo comunista Fuerza Social: ni bien salieron elegidos se dividieron en grupos antagónicos, burlándose de sus electores.

Sin embargo, tampoco es correcto mirar solo la paja en el ojo ajeno: tengo que señalar primero la viga que existe en el Partido Aprista, al cual pertenezco. Durante décadas se nos conoció por ser “el partido político más organizado del Perú”, una denominación que hoy suena caricaturesca.

Una dirigencia espuria, que no representa ni por asomo los ideales que pregonaba, ha logrado lo que ni los más encarnizados enemigos pudieron. Con maniobras turbias, nos han convertido en el fiel reflejo de la decadente política nacional; y realizo esta afirmación con la desazón de un militante que a los doce años tuvo la oportunidad de conocer y dar la mano a Víctor Raúl Haya de La Torre, cuando se forjó mi compromiso partidario hasta la eternidad.

¿Por qué nuestra sociedad ya no produce hombres que perciban la política como el arte de servir a la sociedad? ¿O es que acaso existen y una casta podrida hasta el tuétano les impide participar en ella?  Finalmente: ¿acaso debemos ser pusilánimes ante nuestro destino?

Dejo esta reflexión por Semana Santa para ustedes, amigos lectores. Y para que no sea un mensaje al vacío, dependerá de cada uno de nosotros tomar conciencia de la realidad que nos envuelve y tratar de revertirla con nuestros actos. Ello hace falta para mirar el horizonte con optimismo.

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