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Opinión

Una mujer conservadora

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Ella, en realidad, era su segunda esposa y, casi desde el inicio, se dio cuenta de que ese matrimonio había sido un error, de que él jamás se encargaría de protegerla, mucho menos de asegurarle un hogar. Así que se dedicó, pues, a trabajar y (al mismo tiempo) a criar a los siete hijos que llegaron.



Ella, en realidad, era su segunda esposa y, casi desde el inicio, se dio cuenta de que ese matrimonio había sido un error, de que él jamás se encargaría de protegerla, mucho menos de asegurarle un hogar. Así que se dedicó, pues, a trabajar y –al mismo tiempo– a criar a los siete hijos que llegaron.

Empezó vendiendo al por menor lo que otros vendían al por mayor. El negocio fue creciendo y, por eso, en la casa nunca faltó un enorme bistec sobre una montaña de arroz para hijos, nietos e, incluso, para ese marido irresponsable que de vez en cuando llegaba borracho y –tras repetir el bistec– la golpeaba.

Ella se defendía como podía. Siempre pensando en su economía, enfrentaba la violencia masculina lanzándole los utensilios que no podían romperse: tapas de ollas, sartenes… o agua. Y se encerraba en un cuarto con todos sus hijos hasta que él se calmaba.

Pero una noche ocurrió lo que ella calificaría después como “el acabose”.

El señor llegó “hasta las patas” como otras veces y la encontró friendo los bistecs. Se puso “cargoso” hasta que la cogió del cuello, y quiso empujar su cabeza hacia el aceite caliente y la candela. Entonces el único hijo presente en la casa, el menor –en esa época tenía doce años–, se trepó a la espalda de su padre para impedirlo.

El señor se quitó al chico de un empujón, y ya le iba a mandar una cachetada cuando sintió el palo de escoba en la cabeza. Las hijas que acababan de llegar gritaron; ella abrazó a su hijo; él se quedó dormido por el porrazo y cuando despertó estaba en la comisaría.

–Jefe–le dijo al comisario apenas hubo recuperado su característica soberbia—, discúlpeme pero no sé qué hago acá. Cuando yo era chico, mis padres se encerraban a resolver sus cosas y los hijos se quedaban afuera; nunca se metían.

El policía abrió mucho los ojos y se lo quedó mirando un rato largo. Finalmente, dijo:

-¿Se encerraban? Bueno, entonces ahora te vas encerrado tú. Dos días —y luego la miró a ella, flanqueada por sus siete hijos—. Bótalo, madrecita. Y si te vuelve a hacer problema, me avisas y yo mismo lo dejo inválido.

Ella era mi abuela; él, mi abuelo; el niño, mi papá. ¿El año? 1954. Nunca más volvieron a vivir con el maltratador, y nunca lo necesitaron. Mi abuela, solamente con primaria completa, compró cuatro casas, les dio universidad a todos, y vivió feliz como mujer de negocios.

¿Y por qué cuento esto? Porque puedo contar MILES de historias de mujeres empoderadas por sus propios méritos, y quise empezar por mi abuela.

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