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Opinión

¿Un paradisíaco Congreso para un variopinto país?

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Una reflexión sobre el mayoritario rechazo de la población a nuestra clase política



Según el sondeo de Ipsos publicado por El Comercio recientemente, el 77% de la población piensa que los congresistas no deberían tener inmunidad parlamentaria. Y, en realidad, no necesitamos encuestas para saber que la mayoría de los peruanos tiene un absoluto desprecio por la labor congresal.

La sola palabra “inmunidad” es percibida como un privilegio destinado a retrasar la merecida aplicación de la justicia, en un país donde reinan las exclusiones. A esto se añade una Comisión de Ética que se ha convertido en una payasada, sin esperanza inmediata de enmienda y una caprichosa negativa a ser fiscalizados por la Contraloría, en el summun del endiosamiento. Entonces me pregunto: ¿qué diferencia al Parlamento de un exuberante paraíso terrenal?

A más inri, muchos congresistas se distinguen por sus torpezas: naturalmente presupuestívoros, falaces, improductivos y rodeados de asesores elegidos a dedo. Aquellos de más baja estofa cobijan terroristas sin ninguna pudicia, retando a una sociedad que tardará mucho en cerrar sus heridas. Y lo decadente es que cada gesto o desatino de un padre de la patria ocupa primeras planas; sus pleitos y exabruptos son un reality show permanente que no deja de abonar en su descrédito. La mayoría de veces su afán de protagonismo derrota a la decencia.

Es lo que hay y, así no nos gusten, técnicamente son representativos de nuestro variopinto país.

Dejando las emociones de lado, la “inmunidad parlamentaria” es una protección indispensable para que el Congreso no se vea expuesto a la privación gratuita de sus miembros, producto del chantaje o de la venganza política. Todos sabemos que en el Perú los jueces jamás califican las demandas: las admiten todas. Ello determina que siempre estemos expuestos a ser enjuiciados ante magistrados venales y fueros de poca credibilidad. En este escenario, sorprende que Duberlí Rodríguez esté a favor de eliminarla, cuando conoce la calidad de su personal y de qué pie cojea.

Estos resultados, con sabor a indignación, están en línea con el 78% que desearía que el voto fuera voluntario, para expresar su rechazo a la política a través de la abstención. Quieren ser verdaderos dueños de su voto, empoderarse y no tener que sufragar exclusivamente para salvar una multa o una eventual muerte civil.

Sin embargo, es evidente que nuestro país no está preparado para el voto voluntario. Hoy, el ausentismo bordea el 20%, por problemas con el padrón electoral y por el costo del desplazamiento físico para sufragar. No somos una sociedad madura que comprenda la responsabilidad del voto, que internalice que es un acto de educación cívica, un derecho irrenunciable, que nunca debe verse contaminado por sentimientos de desprecio y desconfianza hacia una oportunista clase política.

Para cerrar con un ejemplo: en Chile el voto es voluntario desde el 2012 y tiene un ausentismo del 60%, que no cede a pesar de que las campañas electorales priorizan la participación de la ciudadanía. Hay una inquietante preocupación por la estabilidad del sistema democrático y por lo que es percibido como la tiranía de las minorías, que se han apoderado del control de las grandes decisiones nacionales frente a una mayoría silenciosa e indiferente.

Justamente eso es lo que no queremos para el Perú.

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