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Un ministro con piel dura

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Condecorado y todo, ministro de Defensa debe irse a su casa por atentado contra la libertad de expresión.



No pasa fácil la vergüenza ajena que produce la penosa actitud del Ministerio de Defensa de enjuiciar a los periodistas de Panorama, por haber informado que el dinero de los contribuyentes va a bolsillos ajenos en  el VRAEM. Estamos ante un ataque a la libertad de expresión y al derecho de información de los peruanos. Hay que retroceder a los tiempos de Velasco Alvarado para encontrar semejante tropelía.

Especialmente penosa resulta la actitud de cierta prensa, usualmente adicta a la defensa de Nadine en el caso de las agendas, que simplemente mira para otro lado. Y quienes inflan pecho considerándose a sí mismos la reserva moral del país parecen haber amamantado rápido la vieja doctrina del mariscal Benavides: a mis amigos todo; a los enemigos, la ley.  

Y asistimos a la opereta de los supuestos líderes de opinión. Sesudos analistas o damas puntillosas que suelen arquear la ceja al menor desliz antidemocrático, ahora se hacen los suecos y hasta pretenden contribuir con argumentación legalista a favor de quienes amenazan la libertad de expresión de sus colegas y de todos los peruanos. Así estamos.

No dudo ni por un segundo que la amenaza, poseedora de todo el sabor a vendetta siciliana por el destape de las agendas, será levantada. En el peor de los casos, y en menos de un mes, un nuevo ministro de Defensa desactivará la siniestra leguleyada  y enderezará las cosas. Y para empezar las enderezará en el propio VRAEM.

Pero este último desenlace es el más penoso y el que más vergüenza produce —y, esta vez, no solamente vergüenza ajena. Me da vergüenza que seamos capaces de permitir que gente a la que le quedan días en el gobierno pretenda pisotear a la prensa desde el poder. Me da vergüenza que este ministro haya sido puesto por Cateriano, el hijo político de Mario Vargas Llosa insertado en el gabinete por el enamorado escritor y garante.

El ministro debe irse a su casa cuanto antes. ¿Que ya no hay Congreso para censurarlo? ¿Que ya qué importa porque ya se van todos? Esa es la vergüenza mayor: la que nos toca a todos porque apunta a la indolencia, denota una inadmisible renuncia ciudadana y revela, de manera cruda, cómo se conducen los que alguna vez se proclamaron representantes de la reserva moral del país. No lo olvidemos.

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