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Opinión

Un bicentenario sin veto electoral

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Al margen de nombres y partidos, procuremos desterrar los poco productivos antis.



Interesante la ola sísmica desatada por las expresiones del congresista Velásquez Quesquén relativas a la posibilidad de reducir la valla en la primera vuelta. Quizás haya llegado la hora de resolver este entuerto, aunque lo más recomendable no siempre sea lo políticamente más correcto.

Una simple mirada al siglo XX revela que nosotros fuimos los primeros en importar la segunda vuelta electoral tomando, en mala copia, un modelo francés. Expertos de la talla de un Tuesta pueden explicar las consecuencias de haber adoptado el balotaje de manera plana y sin considerar que formaba parte de un sistema cuyos componentes le daban sentido a esa segunda vuelta. Entre nosotros la segunda vuelta se insertó y funcionó como un mero veto.

Cuando se redactó la Constitución de 1979 el antiaprismo gozaba de buena salud. En 1962 había impuesto el tercio electoral como requisito y terminó anulando las elecciones. Seis años después el antiaprismo fue componente del golpe velasquista que, entre otros efectos, evitó el triunfo aprista en las no habidas elecciones de 1969.

Diez años después, los firmantes de la Constitución optaron por la valla del cincuenta por ciento. Claro, todo es negociable. Los apristas aceptaron porque se acordó que la valla regía recién en la subsiguiente elección y para los comicios se fijó una valla de 36% solamente. Los pepecistas aceptaron pues sabían que Haya no llegaba a las elecciones y Bedoya pensaba que ante Armando Villanueva tenía opción. Después apareció Belaúnde, encarnó el voto de castigo a los militares y se llevó la elección.

La valla ha funcionado casi siempre. Ni Alan García en su arrollador triunfo electoral de 1985 alcanzó a superar el cincuenta por ciento. Aquella vez Alfonso Barrantes quedó segunda y declinó. Hijos indeseados de la segunda vuelta son el primer Fujimori, Toledo y Humala. Gobiernos débiles que tuvieron que patear el orden establecido para desarrollar sus políticas o tuvieron que entrar en la componenda para sobrevivir.

Obviamente quienes viven del anti, especialmente del antifujimorismo, afrontan el desempleo ante el cambio de la valla. Pero es la hora de escuchar a los expertos.

Eso sí, hagan como en el 79 y establezcan el cambio para la subsiguiente elección. Así al llegar el Bicentenario habremos por lo menos enterrado el nefasto veto electoral que da a luz Ejecutivos débiles como el presente. Claro, es un débil de lujo… pero débil es.

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