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Tres ejemplos de la hipocresía institucional de la PUCP

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¿Podrá algún día la Católica —considerada en varios ránkings como la mejor universidad del país— alinear su discurso con la realidad?



Finalmente se aprobó en la PUCP, en el marco de la llamada “reforma trans”, que los alumnos puedan usar su nombre social en la Tarjeta de Identificación (TI). Pero no hay que confundirse: este cambio fue impulsado por grupos organizados de alumnos y no por las autoridades de la casa de estudios. Por ende, no debe tomarse como un reflejo de los valores con los que pretende identificarse la universidad sino como una grata excepción a la profunda hipocresía institucional que la gobierna. A continuación, tres ejemplos de las contradicciones que aún persisten en la PUCP.

1. La PUCP es una universidad que se identifica con la igualdad de género; esto es, con la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres. Las cifras, sin embargo, dicen otra cosa. Según datos de la Dirección de Gestión de la Investigación de la propia PUCP y de la socióloga Patricia Ruiz Bravo, apenas el 30% de los profesores de la universidad son mujeres. Y la cosa se pone peor al ascender en la carrera docente: el 17% de los profesores contratados y tan solo el 7% de los profesores principales es mujer.

¿Cambia el panorama cuando se trata de puestos de mando? En absoluto. Solo una de cada tres autoridades de la PUCP es mujer. Y peor aún (con las cifras anteriores, no sorprende): el 70% de las profesoras se ha sentido discriminada alguna vez por su género. ¿Qué pasó? ¿Realmente hay tan pocas mujeres capacitadas para que solo el 7% de los profesores principales lo sea? ¿O es que los criterios de selección y ascenso en la carrera docente responden a vínculos de amistad —sí, la terrible argolla— que se remontan a una época en la que las mujeres eran relegadas a un papel secundario en la vida académica?

2. La PUCP se pinta a sí misma como una universidad inclusiva y no elitista. Su lema es “Bienvenidos Todos”. ¿Pero realmente pueden todos estudiar en la PUCP? El año pasado, la universidad aprobó un nuevo sistema de categorización con nueve (ya no cinco) escalas de pensiones. Esto hizo que su escala 9, cuya mensualidad es de S/. 4100, se convierta en la segunda más cara del país. A la escala 9 de la PUCP únicamente la supera (por S/.130) la escala más cara de la Universidad del Pacífico, una universidad con apenas 4300 alumnos de pregrado y que admite no querer hacer crecer esa pequeña élite de afortunados.

Aquí la PUCP suele ampararse en la amplitud de su rango de cobros. Sin embargo, lo que no dice es que la asignación a las escalas más bajas se viene reduciendo sistemáticamente en los últimos diez años. En el 2007, el 32% de los alumnos estaba categorizado en la escala 1; el 28%, en la 2; y solamente el 8% en la 5.

Pero para el 2016 la pirámide se había invertido: apenas el 10% estaba en la 1, el 25% en la 2 y el 15% en la 5. Esta tendencia es tan marcada que la propia universidad aclara, en su nuevo sistema de nueve escalas, que la asignación a la 1, 2 y 3 será “reducida”. Si obviamos esas tres primeras escalas de asignación marginal, la PUCP queda con un rango de pensiones que promedia los S/.2,585. Ello la posiciona como la segunda universidad más cara del país, sólo después de la Pacífico y por delante —bien lejos— de otras como la UTEC, la UPC, la Universidad de Lima y la San Martín (no contemos Medicina, carrera que la PUCP no enseña). Lo curioso es que ninguna de las nombradas hace tanto énfasis en su carácter inclusivo como la PUCP.

¿Pero, al menos, es inclusiva la PUCP en cuanto a subvenciones para los más pobres? Muy poco. Al 2016, las becas financiadas por la universidad (porque no vamos a contar las de Pronabec, ¿no?) sumaban apenas 340 para una población de alumnos de pregrado que supera los 21 mil. Ni siquiera el 2%. ¿Pero es que necesita la PUCP desesperadamente aumentar sus ingresos y por eso tiene que cobrar tanto? En realidad, no. En el 2015 –último año hasta el que están disponibles sus estados financieros auditados–, la PUCP fue la universidad con más ingresos del país: S/.768.5 millones. Aún más: un cuarto de su facturación proviene de rentas inmobiliarias (Plaza San Miguel, edificios de oficinas) que las demás universidades no tienen.

3. La PUCP es una universidad que se dice democrática. En las elecciones de 2014, el rectorado se lo disputaban entre Marcial Rubio y Eduardo Ísmodes. Y la maniobra política del actual rector fue audaz.

Rubio pidió los votos de la Asamblea bajo el argumento de que solo él podía ponerle fin al conflicto que la universidad arrastraba con el Arzobispado. Para mostrar que sus intenciones eran honestas, alegó que renunciaría cuando este estuviera resuelto.

El año pasado, mediante una reforma del estatuto coordinada con el Vaticano, la PUCP finalmente resolvió sus problemas con el Arzobispado peruano. ¿Renunció Rubio Correa? Evidentemente no. ¿Democracia, honestidad? La promesa fue nada más que un eslogan electoral. Y nadie en el círculo de autoridades se lo va a recordar hasta que cumpla sus diez años de mandato en el 2019.

Esos son apenas tres ejemplos de la hipocresía institucional que  —y chorrea— en la PUCP. ¿Podrá algún día la mejor universidad del país (según QS World University Rankings) alinear su discurso con su realidad? ¿O seguirá dándole la razón a quienes se relamen cada vez que tienen la oportunidad de hablar sobre la “hipocresía caviar” que la gobierna? 

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