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Transfuguismo y voltereta

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Leguía fue secuestrado a las dos, liberado a las cuatro y aclamado a partir de las cinco.



Y volvemos a la turbulencia de aquel sábado 29 de mayo de 1909: el presidente Leguía ha sido zarandeado por las calles durante dos horas sin nadie que lo defienda. La desconcertada veintena de pierolistas termina llevándolo al pie de la plaza Bolívar, donde el presidente persiste en su negativa a firmar la renuncia. Un oficial que regresaba de una comisión con sus hombres vio el alboroto y sin consultar con sus superiores (ciegos, sordos y mudos) ordenó abrir fuego contra la muchedumbre. Hubo varios muertos y, tras unos segundos eternos, el mandatario se incorporó manchado de sangre, desgreñado, con el rostro demudado pero ileso.

Ese día se decidieron muchas cosas. Ese día supo Leguía que los civilistas serían sus enemigos de por vida. Ese día supo Leguía que no podía confiar en los uniformados y precisaba de una guardia pretoriana que pronto fundaría. Ese día nació el Gigante del Pacífico, como veremos en la siguiente entrega…

Además de la debilidad de la institución presidencial, esa tarde quedó demostrado que el vacío de poder y el transfuguismo se han dado la mano desde antaño. Era sábado reitero, y en ese tiempo los sábados se trabajaba. Basadre recuerda con gusto la anécdota recogida en una dependencia pública desde la cual los empelados vieron la escena.

Ellos distinguían a Leguía rodeado de una veintena de pierolistas y escuchaban proclamas. Todos llegaron a la conclusión de que había una nueva alianza entre el pierolismo y Leguía. “Leguía se ha pasado y viene dando vivas con los pierolistas”. Esa fue la noticia que por un rato también calentó la antena de radio bemba. No importa que no haya sido cierto. Nadie, reitero, nadie consideró anormal semejante posibilidad de transfuguismo.

Y eso es poco. Secuestrado a las dos, liberado a las cuatro, el presidente Leguía recorrió a las cinco, montado en su corcel, las mismas calles donde lo habían vejado y fue aplaudido por la multitud. Para que nada faltase, esa misma noche se realizó en Palacio un banquete y besamanos al que asistió toda la clase política y, como ha demostrado Basadre, muchos de los que silbaron a Leguía por la tarde o celebraban íntimamente su eventual caída estuvieron haciendo venias en Palacio.

Todos lucían muy contritos y cargados de hipocresía republicana. Y Leguía, que no había olvidado un solo rostro, se dejó nomás besar la mano. Ya se acordarían de él toda su vida.

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