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Somos intolerantes (¿seámoslo siempre?)

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En Perú, ser clasificado como lobbista o izquierdista resulta peor que ser llamado prostituta o asesino.



Estados Unidos está pasando por uno de sus momentos políticos internos más difíciles de los últimos veinte años. El péndulo americano osciló desde la búsqueda de una esperanza de cambio con Barack Obama a la búsqueda de un cambio total con la potencial elección de Donald Trump (por lo menos en las primarias republicanas). Él y Bernie Sanders del partido demócrata representan el cambio más profundo para sus bases, pero también amedrentan al establishment.

Sin embargo, a pesar de que una presidencia de Donald Trump ha sido calificada por la Unidad de Inteligencia de “The Economist” dentro de los diez primeros riesgos mundiales, al mismo nivel del terrorismo y el expansionismo chino en el mar de sur de China —y carga con el repudio unánime de los medios y del sistema político norteamericano—, no existe un ambiente tan beligerante e irreverente hacia él como el que vemos en las últimas manifestaciones de la sociedad peruana durante sus elecciones nacionales.

El intercambio de opiniones en las redes sociales de los peruanos sobre los candidatos resume el debate nacional actual a un meme, que llama a Fujimori “corrupta y mafiosa”, a Alfredo Barnechea “lobista, creído y discriminador”, a PPK “vendepatria y lobbista internacional”, a Mendoza “chavista y apañaterrucos”, y a García “soberbio y corrupto”. Esta simplicidad destructiva engaña a los electores y reduce el debate a adjetivos que empujamos irresponsablemente a otros para tomar nuestras propias decisiones electorales.

Sin embargo, este estilo del debate no nace de los memes de las redes, sino de nuestra actitud, empezando por el ejemplo de nuestros candidatos y pasando por los “opinólogos” y comunicadores, quienes también los utilizan para descalificar con violencia verbal a los candidatos (¿acaso en eso consiste su labor?).

Al final del día, este “diálogo” refleja no solo la intolerancia peruana sino la represión punitiva social que existe en nuestra sociedad, donde es bueno sobresalir o diferenciarte, siempre y cuando sigas a todos los demás. Un ejemplo de ello es la sorprendente forma en que se descalifica a personas por ser “lobbistas” o “de izquierda”: cualquiera de las dos, para el subcontexto del lenguaje político peruano, es peor que ser llamado prostituta o asesino.

Las elecciones generales son un proceso emblemático para la democracia de cualquier país. Constituyen la conversación interna nacional para, sin presión externa, poder seleccionar libremente a través del voto individual a la persona que nos representa mejor, con el fin de que administre el Estado por un tiempo determinado.

Durante estas elecciones, el Perú ha fallado en todas las variables de esa definición… y lo hemos hecho con muy poca clase.

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