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¡Sí, juro, caballerooooo!

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Cada cinco años, asistimos a un espectáculo deplorable por parte de algunos congresistas.



Con la juramentación de sus cargos, la mayoría de nuestros congresistas rompe fuegos en la senda del ridículo. No debería ser así, pero cada cinco años asistimos a un espectáculo deplorable para la buena imagen del Legislativo.

¿Que tienen derecho a jurar por “el pueblo”, sus líderes espirituales, e incluso cómo no por causas más justas? Sin duda. Pero invariablemente nunca falta alguien que ve en este acto televisado la posibilidad de robar cámaras, provocar al adversario, lanzar una arenga política y desnaturalizar una sesión cuya sobriedad debería ir de la mano de lo que realmente significa: la investidura de un representante elegido por el voto popular y un servidor de los valores republicanos.

Empero, aquí no hemos tenido nada de eso y muy pronto lo que sobró fue la chacota. Como resultado la población, que en su mayoría ve con desagrado estas “manifestaciones”, se lleva la peor impresión del nuevo Parlamento y pronto le pierde el respeto.

Es una lástima la nula importancia que los principales líderes políticos le asignan a esta juramentación, desdeñando así toda coordinación previa con sus bancadas para evitar este triste espectáculo.

Ahora bien, no faltan quienes festejan que tal o cual congresista le haya “cantado sus verdades” a la mayoría fujimorista mientras pronunciaba el “Sí, juro”. Sin embargo, lamento hacer de aguafiestas: jurar que hará esto o aquello es lo más fácil para un parlamentario. Lo más difícil es asistir efectivamente al Congreso, tanto a las sesiones del Pleno como a las comisiones de las que se participa. De igual forma, trabajar activamente y no solo ir a calentar el asiento en la elaboración de proyectos de ley necesarios e investigaciones oportunas. Y a la opinión pública y a la prensa nos toca observar qué causas defiende cada uno de ellos y qué intereses patrocina (con auspicio de toda su bancada) quien a partir de hoy se erige como justiciero y promete el cambio.

Las palabras lo vemos cada cinco años se las lleva el viento. Ojalá que el influjo del bicentenario nos permita mirar (y actuar) pensando realmente en lo que el Perú necesita.

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