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¿Será posible evitar los casos Moreno?

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Todo estaba bien... pero apareció el ahora exasesor presidencial. 



Todo estaba yendo bien para PPK y su gobierno. Con su popularidad en ascenso, en plena luna de miel con la ciudadanía, no había nubes que presagiaran un colapso ético como el producido por los audios del médico Carlos Moreno, exasesor presidencial en salud. Los medios de comunicación han reflejado cabalmente la indignación de la ciudadanía porque se trata de negociados con la salud de los más pobres. El caso da para mucho pero donde más golpea es en la credibilidad del régimen que ofreció tolerancia cero en corrupción.

No se trata solo de formular la denuncia penal correspondiente o de la consecuente separación del altísimo cargo que desempeñaba. Se trata de saber si habrá suficientes mecanismos y filtros para evitar que un caso similar se repita. ¿Qué hará el Gobierno para evaluar a sus altos colaboradores? ¿La detección temprana funcionará sobre los antecedentes? ¿Habrá voluntad suficiente para alejar a conocidos lobbistas de cercanía altamente riesgosa?

Si no fuera así pronto estaremos lamentando otro escándalo de envergadura. Porque la confianza que se entrega al funcionario debe tener como contraparte el compromiso personal de honestidad y para garantizarla valen todos los recursos y medidas, desde el elemental googleo hasta los antecedentes de inteligencia.

Pero donde mueren los intentos es en las amistades peligrosas que dejan pequeños los intentos preventivos. Ya conocimos la corrupción de los noventa con un Vladimiro Montesinos que si no hubiera grabado sus encuentros hubiera culminado en olor de santidad. Igual hubiera sucedido con un Carlos Moreno que de no haber quedado registrado continuaría sin problemas con sus planes y estrategias para atender “mejor” la salud de los pobres convertidos, contradictoriamente, en una mina de oro.

Lo peor es que impactos mediáticos como el de los vladivideos, de los petroaudios y ahora de los morenoaudios lesionan la confianza en la democracia y exhiben la fragilidad de los estados-gobiernos que poco o nada han podido hacer hasta la fecha ante el flagelo de los influyentes colocados en sitios estratégicos. Hay inoperancia en el aparato administrativo y más aún en el judicial lento, burocrático y plagado de intereses.

Mucho se habla de reformar el Estado pero hasta que ello suceda podría pensarse en Tribunales de Honor en cada instancia administrativa para que reciban denuncias de trabajadores debidamente protegidos que podrían aportar pruebas verificables y por ello recibir recompensas. Este procedimiento ha dado resultado en otros países.

Algo hay que hacer; urgen decisiones para detener a los forajidos que escondidos bajo falsas respetabilidades actúan amparados en el silencio o la permisividad de sus subordinados, que no se atreven a comprometer su empleo ni su estabilidad. Cuando hay vigilancia ciudadana es más difícil delinquir o planear aprovechamientos ilegales que hasta ahora muchos ven y pocos denuncian. A grandes males, grandes remedios.

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