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Semestre negro

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Una sucesión de acontecimientos, desaceleración económica e inseguridad ciudadana que no son obra de ninguna campaña desestabilizadora.



De enero a junio, una sucesión de acontecimientos delata —acaso como en ningún otro momento previo—, la enorme impericia política que termina sentada al frente del timón principal de la actual administración: el vergonzoso episodio de doble fuga con extradición —a trancas y barrancas— de Belaunde Lossio de Bolivia; los reglajes a diestra y siniestra de la DINI que, sea dicho de paso, continúan; la censura de la premier Ana Jara debido a lo anterior; el naufragio titánico del proyecto minero Tía María; el escándalo de los pañales; y, ahora, los dineros venezolanos transferidos años atrás a las cuentas bancarias de personas del entorno más cercano de la primera dama Nadine Heredia.

Contra lo que manda el sentido común, casi cuatro años de ejercicio en el poder no le han sido suficientes a este gobierno para aprender a hacer política. Sin iniciativas ni reflejos, con capacidad de comunicación casi en cero, sin talante negociador ni lealtades partidarias, y ganado por una paranoia insomne que ve conspiradores en cada esquina, el régimen es —a estas alturas del quinquenio— prisionero de todas sus precariedades y carencias.

Los últimos seis meses han sido de desaceleración económica, sin señales claras aún de reactivación, y de una inseguridad ciudadana rampante y galopante. Es decir, un semestre negro que no es obra, evidentemente, de ninguna cruzada o campaña urdida para provocar una desestabilización sin retorno. Si hay una mano que mece la cuna, esa mano es la del gobierno. Y lo hace, como vemos, con concentración envidiable y monopólica.

Su extravío queda patentado en el escuálido 16% de aprobación presidencial que ya ha registrado una encuestadora; próximas mediciones podrían hallar que la aguja del respaldo ciudadano no pasa de un dígito. Y lo que sorprende casi hasta el escalofrío es que todo lo ocurrido en el semestre era perfectamente visible en el radar de la política. El saldo, hasta ahora, es algo así como la suma de todos los miedos. Sin embargo, imaginar por ello una conjura de cara a una vacancia presidencial o un golpe oficialista que interrumpa el orden democrático es seguir alentando esos miedos y no espantarlos. Ambos escenarios son un despropósito sin ningún sitio real en las actuales condiciones.

Este gobierno merece concluir su mandato constitucional sin ningún contratiempo. Será la manera democrática en que la historia tenga un retrato cabal de estos cinco años, sin retoques ni atajos autoritarios o prepotentes.

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