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Sangre derramada no da impunidad

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Saludable reflexión del caso DINI en clave moche



Cual Zavalita del siglo XXI, quisiera preguntar en qué momento la cultura moche nos jodió la gobernabilidad. Antes todo, quiero manifestar mi aprecio por el señor de Sipán y saludo con el cariño de siempre a su vicario Walter Alba, antes de continuar.

 

Siempre pensé que la influencia de la cultura moche entre nuestras multitudes se circunscribía al fútbol, donde a la vuelta de cada eliminación se pide un sacrificio humano. Rueda la cabeza de un técnico, de un dirigente, de un árbitro o de un jugadorcito a los que toda la afición, en ese imaginario moche que remanece aún, los ve virtualmente ascender la rampa del sacrificio con las manos atadas y los nísperos al aire. Y si no los ve, pues reclama a gritos el sacrificio.

 

Y funciona. Rueda una cabeza y se calma la furia de los dioses. La vida continúa. Lo que los Zavalitas de hoy no entendemos es en qué momento ese síndrome moche se apoderó de la política.

Solamente intuyo que es un  fenómeno de este siglo. Y como no me da para hacer un historial, me quedaré en la última escena: nos ahogamos en evidencia sobre el espionaje de la DINI. Queridos colegas lucen —con cierto orgullo, en verdad—, las evidencias del seguimiento personal. Por delitos semejantes, cometidos a puertas del milenio, hay gente juzgada y presa.

 

Pero eso era antes. De un tiempo a esta parte, en el campo político nos hemos ido acostumbrando —en plan moche— a lavar responsabilidades propias con sangre ajena. Ahora mismo, lector, todo indica que por lo menos durante este gobierno no habrá sanción alguna a quienes ordenaron y ejecutaron un espionaje sistemático. Acá lo grave: para más de un vocero político el asunto del espionaje de la DINI ya fue zanjado con la censura a Ana Jara. ¿Y que más va a pedir una oposición angurrienta?

 

Claro, para los del gobierno ha sido suficiente pagar con la cabeza sangrante de Ana Jara la responsabilidad. Para los del gobierno, ya el sacrificio humano funcionó, la sangre ofrendada calmó la ira de los dioses y la vida continúa.

 

O ellos están equivocados o, realmente, estamos bien jodidos.

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