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Opinión

Salaverry y el Congreso

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El presidente del Legislativo está llamado a usar el diálogo y la inteligencia para evitar el entrampamiento y la confrontación.



Cambió el Congreso elegido en julio de 2016. El fujimorismo perdió la mayoría aplastante que obtuvo en las urnas y dejó de controlar las comisiones. Un segundo tiempo caracterizado por la fragmentación y la presencia de una primera minoría sin poder de decisión aunque sí de perturbación, como se ha visto en estos días. Dejar de dar el quórum de reglamento es una forma de estar presentes de manera negativa al punto de poner en serios aprietos al titular del Parlamento, quien se ha manifestado con dureza sobre su antigua bancada.

Todavía está por verse si el vaso está medio lleno o medio vacío. Si este nuevo Parlamento será positivo o no para el país. Nada está dicho, pero la amenaza del bloqueo legislativo existe.

Muchos están celebrando prematuramente la debacle del fujimorismo, teniendo en cuenta que mientras gobernó con puño de hierro no logró nada que el Perú pueda hoy celebrar. Su ejecutoria está hecha de dos años de avasallamiento y obstruccionismo. Cuando pudieron y tenían todo el poder no respondieron a las reformas que prometieron, y ahora que no lo tienen es difícil pensar que empujarán los cambios necesarios mediante consensos que podrían generar o sumarse con la cantidad enorme de congresistas que conservan.

Quedan todavía dos años y medio, y de acuerdo con la tónica renovadora del presidente Daniel Salaverry podríamos esperar menos confrontación y más inteligencia. Más concertación y manejo democrático con las nuevas bancadas. Pero desde la experiencia sufrida las alarmas se encienden.

El conflicto entre Fuerza Popular y Salaverry es personal, con un telón de fondo de necesario salvataje del Parlamento dadas sus escuálidas cifras de aprobación. La carrera política del exvocero fujimorista se ha fortalecido y sus pretensiones son mayores. Pero para ello debe impedir que intereses propios conspiren contra los objetivos políticos mayores que el Congreso podría abordar en el tiempo que queda. La dispersión es perjudicial, pero el sabotaje y las rencillas personales son peores.

El presidente del Congreso tiene su propio juego más allá de la reelección que de hecho pretende. No contará con la complacencia del fujimorismo pero tendrá que demostrar capacidad para evitar el entrampamiento y la confrontación. ¿Podrá Daniel Salaverry responder al desafío de hacer política en esta difícil etapa usando el diálogo y la inteligencia? Veremos.

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