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En las campañas electorales las metidas de pata se solucionan sacando lo más rápido el pie del hoyo antes de empezar a hundirse de cuerpo entero.



En cualquier campaña electoral se trata de sumar. Por ejemplo: la importancia de los candidatos vicepresidenciales se mide no en función de que sumen sino de que no resten. Así se explica que reverendos desconocidos integren las planchas de algunos candidatos presidenciables, esto es, de aquellos con posibilidades reales de pasar a la segunda vuelta.

Lo óptimo es que un candidato vicepresidencial sume, como lo hizo Lyndon B. Johnson con JFK en 1960. Johnson aportó a esa campaña el voto de Texas, en su calidad de senador demócrata por ese estado tradicionalmente republicano. Gran logro.

Hay, por otro lado, quienes no suman nada pero tampoco restan. Y hay quienes restan simplemente porque tienen una historia que no pueden dejar atrás, y que los perseguirá durante toda la campaña desenfocando el ojo público del candidato presidencial y su propuesta. Esto vale, por supuesto, para cualquiera que encabece una posición cercana al líder, y que por sus actos o dichos del pasado o actitudes del presente termine perjudicando el objetivo: que durante la campaña el candidato presidencial llegue con su mensaje limpio y positivo a la mayor cantidad de electores posible.

Por eso hizo bien César Acuña –por poner un caso– en deshacerse rápidamente del PPC, que no solo no le sumaba votos sino que por una filtración de información, dejó al descubierto lo que sus “aliados” pensaban de él y de su grupo político, que les estaba dando la oportunidad de superar la valla. Lo que hubiera pasado de haberlos conservado Acuña sería que cada vez que saliera el señor Beingolea o la señora Pérez Tello a hablar los periodistas no les hubieran preguntado sobre otra cosa que sobre sus declaraciones peyorativas contra su aliado, desperdiciándose tiempo para fijar el mensaje del candidato presidencial.

Otro que está metido en un embrollo parecido es Hernando de Soto con el señor Jorge Paredes Terry, quien ni siquiera postulará — aparentemente– a ningún cargo público pero que se presentó a su diestra en el momento crucial del lanzamiento del candidato. Conclusión: el mensaje de De Soto quedó en nada y lo que primó fue que el pasado truculento del señor Paredes Terry y sus posiciones radicales y extremistas sobre el terrorismo, Abimael Guzmán, el Movadef y, el mismo De Soto. Sin embargo, a diferencia de Acuña, De Soto ha tenido que pasársela explicando el pasado del señor Paredes Terry sin que hasta hoy se pueda entender muy claramente cuál es su función y qué hace el susodicho con el coautor de El otro sendero y autor de El Misterio del capital.

En resumen: en las campañas electorales las metidas de pata se solucionan sacando lo más rápido el pie del hoyo antes de empezar a hundirse de cuerpo entero.

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