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Reforma electoral: ¿por qué, ciudadano, no te compras el pleito?

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Se trata de las reglas de juego para elegir a quienes regirán los destinos del país; por eso necesitamos una sociedad vigilante, más comprometida y con ganas de hacer un real esfuerzo de cambio.



¡Siempre nos jugamos en contra! La reforma electoral es un tema gravitante, esencial: se trata de las reglas de juego para elegir a quienes regirán los destinos del país y que tendrán la capacidad de someter a más de treinta millones de voluntades.

Entonces no entiendo por qué esta reforma no se toma con más seriedad, por qué la sociedad no se involucra con más interés. ¿Será cosa de nuestra peculiar idiosincrasia? ¿De aquella forma de pensar que ha sometido nuestro futuro a la informalidad y oportunismo que nos persigue desde que tengo recuerdo? ¿De peruanos que siempre están preparados, con el ingenio agudo, para eludir cualquier ley, para escapar por la puerta falsa?

Reto complejísimo regular el financiamiento de las campañas electorales. En el Perú hay demasiado dinero negro dando vueltas y partidos políticos ávidos de recibirlo: la codicia tiene cara de hereje. Lo único que se requiere es exigir al máximo la creatividad para buscar mecanismos de percepción más solapados o desconocidos, que luego serán hechos consumados. Ninguna indemnización o culpable en cárcel repara el perjuicio ocasionado.

¿Cómo dimensionar los estragos causados al país por autoridades esclavizadas al dinero mal habido? ¡Imposible, afecta generaciones!

No debería ponerse topes ni tantas excepciones al financiamiento. Las campañas son millonarias y una ley no las va a empobrecer. Solo debería exigirse que todo aporte se realice a través del sistema financiero, hasta la cantidad más diminuta (como se hace con la Teletón), y que los bancos que los reciban tengan a su cargo recabar el nombre, identificación y ocupación del aportante.

Que salte una alarma cuando se trate de pequeñas cuotas en forma periódica de la misma persona o cuando participen varios miembros de un mismo grupo familiar. Ninguna ley es perfecta desde el primer día; la idea es tener una buena base e irla perfeccionando, no hacer cambios pendulares cada cierto tiempo.

Igualmente complejo regular el tema de las dádivas. En la campaña de 2018 se permitirán regalos que tengan consumo individual o inmediato o, en todo caso, cuyo valor no exceda de 0.3% de la UIT por persona, vale decir s./ 12.45 soles. Considerando que el sueldo mínimo en el Perú es de 850 soles, se está permitiendo un monto bastante razonable y suficiente que ayude al candidato a captar amigos. En caso de que el obsequio supere las 2 UITs (s./ 8300), el candidato será inmediatamente expulsado. Este supuesto es casi un saludo a la bandera: en una economía de subsistencia de gran parte de las regiones del Perú bastará con el monto autorizado para lograr simpatías.

Ademas, como los partidos ya no están obligados a presentar informes de ingresos y gastos durante la campaña no se podrá fiscalizar preventivamente. Las sanciones serán ex post. ¡Muy ineficiente!

¿Y si hubiera signos visibles de una campaña millonaria? ¿Qué capacidad tienen las autoridades para actuar ante la evidencia? ¿O mirarán de costado hasta el final de la elección y actuarán de acuerdo con los resultados? ¿Se atreverán a confrontar a candidatos ganadores? Mal jugado, señores congresistas; es una pésima modificación.

Otro problema es la lentitud de nuestro sistema electoral. Debería contratarse a un equipo de tigres, extranjeros con experiencia, que puedan montar un sistema de control de campañas en línea. Sin embargo, para ello —todo pero absolutamente todo— tendría que estar bancarizado, incluso los aportes desde el misterioso VRAE y las remotas zonas alto andinas.

Esto es mucho más eficaz que invitar observadores internacionales y demás parafernalia, quienes no agregan mayor valor que algunas buenas fotos y relleno para programas periodísticos.

Desafortunadamente en el Perú no hay ley que no pueda ser burlada o esquivada. Por ello, necesitamos una sociedad vigilante, más comprometida y con ganas de hacer un real esfuerzo de cambio. De lo contrario seguiremos siendo un “país de desconcertadas gentes”, como alguna vez nos describió don Nicolás de Piérola hace más de ciento veinte años.

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