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Recuerdos del 5 de abril

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El pueblo peruano es simple: apoyo lo que me funciona; pateo lo que no.



Es genial festejar tu cumpleaños fuera de Lima y con amigos. Eso lo aprendí con mi experiencia en Arequipa, en 1992. Mi amiga, la reconocida fotógrafa Alejandra Bedoya me dio la sabia idea de ir a la tierra de los characatos para celebrar entre camarones, guisos y cuyes a la piedra mi onomástico. Nadie podía negarse a la tentación, máxime si acababa de publicarse una guía de restaurantes de Lima en que ayudé como “chupe” calificado a Mariano Valderrama León, hoy alto directivo de APEGA. Había entrado con fuerza a la culinaria peruana y con buen diente, por lo que ir a Arequipa sonaba a continuar en la “aventura culinaria”.

Llegué a Arequipa el viernes 3 de abril por la noche y me hospedé en el Hotel de Turistas. De inmediato, me incorporé a la vida nocturna characata y me fui a la discoteca de moda del momento, donde me encontré con Alejandra. Ella me presentó a sus amigos, pero para mi sorpresa estaban los miembros del grupo musical “Los no se quién y los no sé cuántos” que harían un show el sábado. Germán Vargas (baterista) y Fernando Ríos (bajo) eran mis colegas docentes de la academia Trener y habían sido mis jefes scout en el Colegio Markham. La juerga fue total.

Me levanté a las dos de la tarde cuando me despertó una llamada de Alejandra. Me invitaba a un almuerzo de sus amigos en la campiña. Esta vez, sí comí a mis anchas los deliciosos potajes arequipeños y para bajarlos, un buen anisado. El almuerzo se convirtió en lonche que a su vez se convirtió en cena… porque siempre existe la sal de Andrews. En medio de la noche, llegaron mis amigos cusqueños José Ignacio “Conde de Huayoccari” Lámbarri Orihuela y mi hauyquicha, mi brother, mi carnal, Javier Lambarri Orihuela. La reunión terminó al amanecer con adobo.

La generosa Alejandra organizó el domingo 5 un desayuno en su casa para mí y mis amigos cusqueños. Todo un honor conocer a su padre el “Ogro” Bedoya, periodista de amplia cultura y que no decía las cosas a media voz. Nada con los pollerudos ni con los izquierdistas (para él eran más peligrosos los que eran rosaditos nomás): daba su apoyo pleno al Chino Fujimori. Entre los asistentes estaba también Dayna D’Achille (su madre era una conservacionista reconocida, asesinada por Sendero Luminoso en Pampa Galeras-Ayacucho).

Después del desayuno nos fuimos al Gato Vitoreño, donde se nos unieron otros amigos de Alejandra. La orden fue sencilla: traigan camarones en todas sus versiones y cajas de cerveza del tamaño del cuarto del rescate (¡qué triste es la vida de quien tenga alergia al camarón!).

Luego de pasar por La Cárcel (el equivalente de Polvos Azules en Lima) para comprar cigarrillos y vodka de contrabando, nos fuimos a retozar a mi cuarto de hotel. Alguien, no recuerdo quién, pidió un televisor a la recepción para ver Los Simpsons. El televisor se quedó prendido mientras conversábamos. Empezaron los programas políticos con las denuncias y “testimonios exclusivos”: nadie les hizo caso. Todo cambió cuando apareció súbitamente el presidente Fujimori a declarar su golpe de Estado en cadena nacional. La mayoría aplaudió a rabiar: “Esos politicastros se lo merecían; no dejan gobernar a quien tiene las cosas claras. Ahora sí se podrá lograr la paz y prosperidad que tanto anhelamos los que no tuvimos la oportunidad de emigrar”.

Yo discrepé de saque. Estaba preocupado por mis excamaradas pues sabía (como lo sé hoy) que existen distintos manuales de golpe de Estado en el Pentagonito, que van desde lo más light hasta la “aniquilación total del enemigo”. La alianza non santa inicial con un personaje siniestro como Vladimiro Montesinos me hacía sospechar que esto era con todo.

Mientras que la mayoría daba un brindis por la patria que vendría, yo me escapé a la Plaza de Armas. Solo me siguió mi hermano Javier. Me paré en una banca a protestar, a gritar, a vociferar de todo contra El Chino. Quería que la gente reaccione, que no se crean el cuento. Javier trataba de contenerme. Me vi perdido cuando una vendedora ambulante le dijo a Javier: “Amarra al loco de tu amigo; estamos con El Chino hasta la muerte”.

Ni modo, caballero nomás. El pueblo peruano es simple: apoyo lo que me funciona, pateo lo que no me funciona. Nada de elucubraciones académicas ni discursos de “intelectuales del sobaco” (cargadores profesionales de libros para que creas que leen; hoy usan tablets). Tuve que asumir mi derrota, era minoría.

Veinticinco años después puedo festejar mi cumpleaños con mi hijo en paz, en libertad y con un mayor nivel de bienestar.     

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