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Reconstrucción y política

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Las acciones de recuperación luego del desastre determinarán una importante influencia sobre los damnificados, la cual se reflejará en las preferencias electorales.



El impacto del drama de las ciudades arrasadas, de los hogares desparecidos y de las multitudes implorantes va pasando. Ahora estamos en otra etapa, en la que se enseñorean los cálculos económicos y políticos con riesgo de postergar el compromiso social.

Y la inquietud de los políticos es comprensible. La reconstrucción determinará una importante influencia sobre las poblaciones damnificadas que se reflejará en preferencias electorales, como sucedió hace muy poco en Ecuador. La popularidad de Rafael Correa creció por la forma como atendió la reconstrucción por los daños del sismo y, por supuesto, se reflejó en la victoria de su candidato Lenin Moreno.

El fujimorismo tiene grandes intereses en el norte afectado, de donde recibió sustantivos votos en el 2016, y desea preservar ese capital. Tiene que considerar lo necesario para no dejar toda la torta de la reconstrucción en manos del oficialismo.

Cálculos más o menos pueden no funcionar si no se contempla el ideal de la unidad. Una catástrofe de estas dimensiones obliga a hacer política en el mejor sentido, mirando el momento pero sin perder de vista la historia. Y para ello la única vía es unir fuerzas, prohijar consensos vitales para que la práctica de la reconstrucción no esté fuera de la política sino dentro de esa gran política que considera el porvenir como construcción social.

El lema de una sola fuerza ha calado positivamente. Y si se quiere mantener este espíritu necesitamos un gabinete multipartidario, de verdadera unidad nacional. Una instancia que permitirá concretar políticas públicas y leyes que todos respaldaremos. Porque la hora del desastre no es para elucidar de qué tamaño será la torta económica y política que podrían repartirse, sino la dimensión de la tarea que comienza.

A PPK le tocaba cambiar gabinete desde antes del desastre del norte, cuando su caída de popularidad era enorme; hoy las cifras cambiaron pero es solo una foto del momento. Si se tienden los puentes para que todas las fuerzas políticas puedan en conjunto evaluar la situación de lo que toca hacer, no solo en arquitectura sino también en recuperación moral de la clase política. El régimen podría mantener su popularidad, los políticos recuperar la confianza y todos juntos cumplir con el rescate del millón y medio de peruanos que espera una acción efectiva y eficiente.

La ciudadanía rechaza la polarización y aprueba la unidad como marco de la política necesaria que no podrá ser beligerante ni obstruccionista, menos aún calculadora o aprovechadora del drama que viven nuestros hermanos en su propio país.

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