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Opinión

Razón de Estado y seguridad nacional

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Acerca de la denuncia del Mindef contra Panorama y mi columna de hoy en El Comercio



El cardenal Richelieu se encontraba en sus aposentos despachando asuntos de Estado cuando fue anunciado un gentilhombre que había pedido audiencia para tratar un asunto relacionado con el comercio. En la mesa del cardenal se encontraban algunos informes que sus espías le proporcionaban diariamente sobre las idas y venidas del duque de Orléans, un conspirador nato contra su propio hermano, el rey Luis XIII.  Los reportes daban cuenta, al parecer, de con quién se estaba acostando el duque, más conocido como Monsieur.

Al entrar el gentilhombre, el cardenal lo recibió con amabilidad y le hizo tomar asiento. Cuando se disponía a escucharlo, de pronto, fue requerido de urgencia y tuvo que abandonar por varios minutos su despacho.

Cuando regresó, encontró al gentilhombre sentado en la misma posición en la que lo había dejado al momento de salir, esperándolo. El cardenal tomó asiento entonces y se percató que, por el apuro, había dejado los informes sobre la nueva maitresse (amante) del duque sobre la mesa.  Imperturbable, el cardenal escuchó los asuntos de comercio que el gentilhombre había venido a exponerle y luego de tomar interés en su caso lo despidió con la misma amabilidad con la que lo había recibido, indicándole que espere un momento en su antesala.

El gentilhombre, feliz, así lo hizo. No había pasado mucho tiempo cuando apareció en la antesala un escuadrón de la policía del cardenal que, sin mediar palabra ni explicación alguna, se llevó a rastras al gentilhombre que no entendía nada. La Bastilla fue su morada por varios años hasta que fue liberado por orden del mismo cardenal. 

Como un acto de suma deferencia, Richelieu lo citó entonces a su despacho y le explicó la razón de su encierro. El cardenal le dijo entonces que había dejado sobre su mesa importantes “secretos” que atañían a la “seguridad del Estado” a la vista de su interlocutor y que, por eso, no podía darse el lujo de haberlo dejado ir a su casa y lo había metido preso. 

El gentilhombre, perplejo, le juró al cardenal que nunca había visto los documentos, a lo que Richelieu le respondió que seguramente así era, pero que, en todo caso, tomara su encierro como una “razón de Estado”. Luego, amablemente lo acompañó a la puerta y lo despidió no sin antes remunerarlo con “l’ huile d’argent” (aceite de plata; un eufemismo elegantemente francés para lo que aquí llamamos “mermelada” ) por las incomodidades de todos esos años en la Bastilla. 

La anécdota, si la memoria no me falla, la cuenta Henry Kissinger y viene a cuento a raíz de lo que son los conceptos de “razón de Estado” y “seguridad nacional”, a propósito del caso de la denuncia del Ministerio de Defensa a Rosana Cueva y Panorama por el caso de los informantes fantasmas en el VRAEM.

La “razón de Estado” es un concepto arbitrario y extremo de la “seguridad nacional”. Se usa generalmente para cometer un abuso utilizando la coartada de la “seguridad del Estado”. 

Es obvio que un reporte sobre la amante de turno del duque de Orléans no constituye, por más rótulo de “secreto” o “confidencial” que lo hubiere encabezado, ningún atentado contra la “seguridad nacional” o la “seguridad del Estado”, aún si lo hubiese visto el desdichado gentilhombre. Los chismes sobre el particular en la corte y el pueblo llano son la mejor prueba de ello. 

El cardenal quiso demostrar entonces que tenía y ejercía el poder supremo sobre todo lo que le concernía (en este caso las cartas de chismes sobre su mesa), enviando a un inocente a la cárcel. Tal es el sentido, en este caso, de la “razón de Estado”.

Esa es la tesis de mi columna en El Comercio de hoy sobre el Mindef contra Panorama. No hay ningún secreto de Estado que atente contra la seguridad nacional, a no ser el destape de una mafia en el VRAEM. 

Así pues, como allí digo, aquí estamos ante una denuncia por “razón de Estado”, arbitraria y antojadiza, y no como se quiere hacer pasar— contra la “seguridad nacional”.

Ah, y Valakivi, por supuesto, no es Richelieu.

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