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¡Ramos Heredia, afuera!

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La democracia se purga institucionalmente ante la abulia electoral.



La destitución del fiscal de la Nación Carlos Ramos Heredia, el primero en ser destituido del cargo en la historia de ese organismo —luego de que hace 15 años, su antecesora Blanca Nélida Colán tuvo que renunciar al hacerse públicos los nexos mafiosos con Vladimiro Montesinos y el gobierno de Alberto Fujimori— llega en un momento certero en el que la democracia y las instituciones republicanas están siendo puestas en tela de juicio por su infiltración por organizaciones criminales de toda laya.

Así pues, aunque Ramos Heredia ya llevaba un buen tiempo suspendido de su cargo, la destitución por su equívoca participación en los casos de La Centralita y Orellana Rengifo es un símbolo que pretende poner punto final a un hecho escandaloso, el cual pervertía el corazón mismo del sistema de la lucha contra el crimen que encarna constitucionalmente el Ministerio Público. Hace apenas unos días, la fiscalía, ya en otras manos, dispuso asimismo la detención del exvocal supremo Robinson González, por las mismas vinculaciones que tiene Heredia con Orellana, uno de los casos por los que fue destituido.

Y es que, a pesar de que el tema de la corrupción destila mucha tinta en medios de comunicación, de que suena y truena en redes sociales y aunque a veces hasta llega a aparecer como una de las preocupaciones centrales en sondeos, encuestas y focus groups, lo cierto es que política y electoralmente no es un tema que, llegado el momento —es decir, en las urnas, tenga el peso que precede su ruido. Si no, no habría sido elegido Waldo Ríos un tránsfuga comprado por Montesinos en el 2000 en reemplazo de César Álvarez, preso como cabecilla de la mafia La Centralita, ni tampoco reelegido Goyo Santos, preso también por corrupción. Ni qué se diga de alcaldes provinciales y distritales en todo el Perú, con un amplio prontuario público y notorio que, sin embargo, no impide que el día de los comicios sean “absueltos” por el voto popular.

De ahí que resulte absolutamente paradójico que sean los mismos que ponen a estos sujetos en la cúspide los primeros en no sentirse representados ni satisfechos con la democracia y sus instituciones cuando son encuestados sobre el tema. De ahí también que, no esperando mucho de las regeneraciones políticas electorales y, por el contrario, temiendo las “refundaciones” republicanas que terminan siendo siempre peor que la enfermedad (leguiísmo, fujimorismo, chavismo y un largo etc.), sean las propias instituciones tutelares de la república las que desde adentro, purguen sus pústulas, cancelen sus pasivos y rehagan su reputación. Ello es fundamental para el funcionamientode la democracia.    

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