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¿Quién entregará la banda?

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El mensaje de la vicepresidente es claro para el que lo quiera ver: "Por si acaso estoy yo en la línea de sucesión de mando y a mí nadie me acusa de nada".



Está claro que ni Ollanta Humala ni Nadine Heredia tendrán respiro en cuanto a los escándalos que se les imputa. No hay fin de semana en que no salga uno más truculento que el otro a veces con sustento y otras sin mucho— que contamine su credibilidad ante una opinión pública cada vez más agresiva y que mayoritariamente no los puede ver ni en pintura. La pregunta es cuánto así resistirá la pareja en una función para la que la credibilidad y la legitimidad son bases fundamentales del poder que ejercen, por lo menos del que ejerce constitucionalmente el jefe del Estado.

En ese contexto, el peso político del presidente se licua en el desgaste constante. Prácticamente está dando una entrevista televisiva cada veinte días en donde los principales temas de agenda los ponen los medios de prensa con sus denuncias. Así, por más que el presidente quiera hablar de asuntos de Estado y de gobierno, es incapaz de que sus intervenciones no sean para defenderse de todas las acusaciones habidas o por haber. Este ha sido el caso del último fin de semana en que se anunciaba un reportaje televisivo que iba a “remecer Palacio”, deporte favorito en estos últimos tiempos. ¡Y vaya que lo remeció!

Que el presidente haya tenido que responder por anticipado a un reportaje que aún no había salido al aire y en donde dos aspirantes a colaboradores eficaces de una investigación fiscal archivada lo sindican de haber recibido 400,000 dólares de una empresa extranjera para su campaña electoral, pone en perspectiva que cualquier NN literalmente— puede levantarle el dedo sin más mérito que su propia palabra, pues en el reportaje solo hemos visto eso y nada más. Sin embargo, ello es suficiente para hacer salir al jefe del Estado en pantalla en un duelo de palabra contra palabra en donde la del presidente compite con la de dos desconocidos.

Llegados hasta aquí es lícito preguntarse qué más sigue y si es que el escaso crédito político que le va quedando al presidente será suficiente para que termine su mandato en una constante vorágine de acusaciones dominicales que no tienen visos de cesar. Tal vez sea por eso que la vicepresidente Marisol Espinoza está construyendo una situación de poder en torno suyo, generando simpatías en la opinión pública y consensos entre los partidos sobre su corrección política y personal. El mensaje de la vicepresidente es claro para el que lo quiera ver: “Por si acaso aquí estoy yo en la línea de sucesión del mando y a mí nadie me acusa de nada”. Y como el presidente ya no maneja ni su propia bancada, cualquier cosa puede acontecer en el Congreso.

A mí me parece que si el presidente resiste hasta diciembre con el tipo de acusaciones que hasta hoy pesan sobre él y su esposa, terminará su mandato. Esto es así porque una vez iniciada la campaña electoral los focos se concentrarán en los candidatos a la presidencia y el jefe del Estado pasará a segundo plano. Ergo, la dinámica propia de los acontecimientos lo sacarán de escena a él y a sus imputaciones. Por el contrario, si su credibilidad y poder siguen despeñándose en los 10 fines de semana que quedan hasta el próximo año, pues lo más probable es que sea Marisol Espinoza la que entregue la banda presidencial al nuevo mandatario el 28 de julio de 2016.

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