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Opinión

¿Qué nos dice la muerte de Esperanza? 

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Al parecer, dejarla vivir no habría contribuido a la causa proaborto.



Recibimos una noticia que ha llenado de dolor a la gran mayoría de personas pendiente del caso de Esperanza. Esta bebé, que nació viva por una “cesárea” a los seis meses de gestación, falleció luego de cinco días. Lamentablemente su concepción fue consecuencia de otro caso también muy doloroso: la violación de una niña de doce años de edad en la provincia de Jujuy (Argentina).

Una niña que padecía dolor abdominal acude al médico y descubre que está embarazada como consecuencia del abuso sexual de un vecino. Esa fue la noticia que encendió el enfrentamiento entre dos posiciones: los pañuelos celestes versus los pañuelos verdes, quienes hicieron de todo para sustentar sus argumentos. Los primeros centrados en el valor de la vida, la inocencia del bebé en el vientre y en acabar con la impunidad del violador. Los segundos, alegando el “derecho” al aborto (que no existe en Argentina) y a no someter a una niña de doce años a un embarazo de “alto riesgo”, entre otras falacias usadas en las causas abortistas.

Desafortunadamente, ganaron los segundos. Y no solo se sintieron satisfechos porque supuestamente buscaban el bienestar de la niña violada, sino que celebraron como un gran triunfo la práctica del aborto (no voy disfrazar la verdad usando la palabra “cesárea”). Sin embargo, en toda esta trágica historia —de principio a fin— sucedieron dos hechos objetivos. Tan objetivos que creo que tanto los promotores del aborto como los que defendemos la vida desde la concepción hasta la muerte natural podemos estar de acuerdo: la violación de una niña de doce años, y la muerte de una niña de veintiséis semanas y de setecientos gramos que nació viva no por un acto de la naturaleza sino por una orden judicial.

Frente a ello la pregunta que me hago y para la cual, obviamente, no tengo una única respuesta es: ¿qué nos está pasando como humanidad para llegar a una situación tan terrible? Una niña violada. Una bebé muerta por la presión del lobby abortista. Y también les hago unas preguntas a todos aquellos que están a favor de este aborto: ¿en qué contribuyó matar a Esperanza para mejorar esta historia? ¿Era necesario más violencia? ¿No bastaba con una sola víctima? ¿Matando a Esperanza eliminamos la agresión a la mujer? ¿Las violaciones? ¿Eliminamos a los perpetradores sexuales?

Además, más triste aún es constatar que frente a este lado oscuro siempre existió otra posibilidad que también velaba por la integridad física de la madre-niña: esperar 4 semanas más de embarazo para asegurar la viabilidad de la vida de Esperanza fuera del útero. Por si fuera poco, muchísimas personas se ofrecieron para ser los padres adoptivos de Esperanza. Pero no quisieron.

Para los que tenían que tomar la decisión, el aborto era la única opción. Si analizamos un poquito más allá: ¿en qué cambiaba la historia de la niña violada si es que Esperanza vivía? Con Esperanza muerta, ¿en qué ha mejorado la situación de la madre? ¿Y su integridad psicológica? ¿Por qué dejar morir a Esperanza sería un “peor escenario” que dejarla vivir y sea recibida por una familia adoptiva?

Las respuestas, creo, se pueden resumir en una sola y muy simple: dejar vivir a Esperanza no contribuía a la causa proaborto. La muerte del bebé es claramente lo único que le interesa a los activistas, porque —y eso nadie lo puede negar— la causa inmediata del embarazo de la madre de Esperanza fue una violación. Y el aborto que causó la muerte de Esperanza en nada ha contribuido a solucionar o sanar la herida causada por ese inexcusable crimen.

Ha muerto Esperanza, pero las leyes proaborto siguen sin exigir la denuncia previa en contra del perpetrador para ejecutar un aborto que tenga como causal una violación. Las mujeres son empujadas a abortar con el pretexto de “salvarlas de no cargar un niño no deseado en el vientre” y, sin embargo, nadie las salva de sus abusadores porque en esos círculos no les interesa que los acusen.

Por eso con la muerte de Esperanza queda más claro que antes que las afirmaciones de los activistas proaborto, que dicen que les interesa el bienestar de la mujer, son una mentira. No hay un interés real por nosotras, ni por las niñas ni por las víctimas de abuso. Solo interesa consolidar la causa que termina inevitablemente con la muerte de los inocentes. Todo sea por la sororidad: por todo aquello que sirva para mantener una ONG en funcionamiento y los bolsillos bien llenos.

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