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Opinión

¿Qué es un tonto sino un tonto?

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Lo políticamente correcto a raíz del debate por ciertas palabras "ofensivas" en las columnas de opinión y el posterior mea culpa



Se ha desatado una histeria en las redes y fuera de ellas porque ciertos columnistas amigos y no amigos emplean palabras que hieren las susceptibilidades de algunos lectores. Si no es por una cosa es por otra porque, en la gama de las “ofensas” el infinito es la ley. Digamos que la cuestión de escandalizarse por palabras en aras de la “dignidad humana” se ha vuelto un credo político e ideológico que, como creyente en la cultura de la libertad, rechazo rotundamente.  

Fue hace como 25 años que empecé a sospechar que las cosas no estaban bien. Había quedado con un amigo en conocer a unas personas cuando este me advirtió que en el grupo había alguien con “habilidades especiales”. Era la primera vez que escuchaba esos términos. Como quiera que las habilidades están íntimamente relacionadas con el intelecto y que “especial” significa para mí y para cualquiera algo “fuera de lo común” y, para más señas, que el común de los mortales no tiene muchas dotes intelectuales que digamos, me emocioné porque pensé que estaba por conocer a Albert Einstein.

Cuál sería mi sorpresa cuando “Einstein”, por ponerlo elegantemente, se parecía mucho a George Bush. Me sentí estafado. No por socializar con la encantadora persona con retardo mental que me presentaron, sino porque el término con el que lo habían descrito era una vulgar falsificación de la realidad y significaba todo lo contrario a lo que había que esperar.

Quince años después cayó en mis manos una estupenda novela de Philip Roth, La Mancha Humana. En ella, el decano de una universidad americana ve frustrada su impecable carrera académica cuando al tomar lista a sus alumnos y ver que faltaban unos a los que no conocía, se le ocurrió decir que los faltones se habían hecho “humo negro”. A las pocas horas, el decano fue acusado de racismo porque uno de los estudiantes ausentes era negro y, al parecer, el “negro” está fuera de la gama de colores tolerada hoy por los negros. La novela de Roth, un intelectual de izquierda norteamericano, es una poderosa denuncia contra “la fiebre de lo políticamente correcto la nueva caza de brujas en EE UU—”.  Es evidente que para una persona inteligente como Roth, el asunto había llegado demasiado lejos. Se equivocó.

En enero de 2011 una bomba despertó de sus sarcófagos a lo que todavía queda de la intelectualidad mundial. En EE.UU. alguien se había tomado la libertad de “reescribir” a Mark Twain. Una nueva edición de sus obras había sido depurada de palabras “ofensivas”. El New York Times puso el grito en el cielo y en la BBC se preguntaron cómo harían los “correctores” para edulcorar a Shylock, el avaro judío de El Mercader de Venecia.

Apenas unos días después de la mutilación de Twain, el clásico de Dire Straits de 1984, Money for Nothing, fue censurado en Canadá por llevar la palabra “maricón”. Y hace pocas semanas, el comediante Jerry Seinfeld advirtió que el humor negro estaba condenado a desaparecer por la ideología de la corrección política.

Me encanta la respuesta que le dio el Papa Paulo VI a Graham Greene el célebre escritor católico cuando lo recibió en el Vaticano. Greene se quejó de que su novela El Poder y la Gloria había sido censurada por el Santo Oficio. El Papa, sonriente, le dijo: “Mr. Greene, ciertas partes de sus libros son realmente ofensivas para los católicos, pero aquí no debe darle importancia a eso.”

En efecto, solo la gente escasa y acomplejada se escandaliza cuando se le dice al pan pan y al vino vino.

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