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¿Qué buscan los rusos?

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Una diplomacia inteligente y previsora debería conducir a Putin a tender puentes con el gobierno del presidente interino Juan Guaidó, para que en el futuro puedan cobrar sus acreencias y por ese camino acercarse nuevamente a los países latinoamericanos y caribeños, de los que se distanció.



Los rusos nuevamente pretenden trasladar a América Latina y el Caribe su vieja confrontación con Estados Unidos, como ocurrió el siglo pasado –especialmente a partir de 1960– con la llegada al poder de Fidel Castro. Fueron veinticinco largos años de hostilidades, tensiones y beligerancia que terminaron en 1985, año que Gorbachov se hizo del poder, renegó de la ideología marxista-leninista y URSS se dividió en 15 repúblicas independientes.

Durante ese largo periodo, con el propósito de expandir el comunismo en el hemisferio, el Kremlin financió movimientos guerrilleros que causaron centenares de muertos, pobreza, destrucción material y el surgimiento de gobiernos dictatoriales de extrema derecha como los de Pinochet, Somoza, Trujillo, García Meza o Strossner.

Además, estuvieron a punto de provocar un conflicto bélico de alcance mundial cuando en octubre de 1962 aviones espías norteamericanos U-2 fotografiaron en Cuba 24 plataformas de lanzamiento para misiles de alcance medio y las imágenes también revelaron la existencia de 42 cohetes R-12, 45 ojivas nucleares, 82 naves de combate y 47 mil soldados. La crisis estalló y el mundo vivió su peor momento desde la II Guerra Mundial. La firme respuesta de Estados Unidos fue bloquear la isla caribeña con buques de guerra. Ante ello, los barcos soviéticos retornaron a sus puertos y se iniciaron negociaciones diplomáticas que tuvieron un resultado positivo: Rusia desmanteló sus instalaciones en Cuba y Washington se comprometió a no invadir la isla y a retirar misiles balísticos de su base militar en Turquía.

Ahora, como una sombra del pasado, los rusos vuelven a amenazar la paz regional en apoyo al gobierno corrupto y genocida de Maduro. Al hacerlo, se desprestigian y distancian diplomáticamente de naciones americanas y europeas unidas en defensa de la libertad, los derechos humanos y la democracia en la patria de Simón Bolívar. Dentro de ese contexto, hace un mes trasladaron a Caracas una flota de aviones de combate, entre ellos dos bombarderos supersónicos Tupolev 160 con capacidad para cargar misiles nucleares. Se trató de un inusual despliegue de fuerza que se interpretó como una velada amenaza a la oposición democrática y a los países que rechazan al régimen chavista, lo que fue aprovechado sibilinamente por el siniestro ministro de Defensa, general Padrino López para decir “nos estamos preparando para defender a Venezuela”.

No olvidemos que los rusos tienen un amplio compromiso militar con el chavismo, producto de la venta de más de 12 mil millones de dólares en armamento de tecnología de punta y alto poder destructivo, según reconoció el director de la empresa estatal rusa Rosoboronexport y que también tienen en la cartera de cobranza más de 10 mil millones de dólares en préstamos que no pueden recuperar por la gravísima crisis económica y financiera de Venezuela. El compromiso de cancelar esos créditos enviando 600 mil barriles de crudo diarios se ha reducido a la mitad y, en garantía de una deuda de mil 500 millones de dólares, han recibido el 49.9% de las acciones de PDVSA en CITGO  –instalada en territorio norteamericano– mientras su empresa petrolera estatal ha paralizado una inversión de seis mil millones de dólares en explotación de oro y crudo.

Pero esas angustias no pueden conducir a Rusia a repetir la bravuconada que comentamos, porque en respuesta los gobiernos del Grupo de Lima (entre ellos Perú) tienen el legítimo derecho de suspender la compra de armas, el comercio y las inversiones, es decir, de imponer un bloqueo de amplio espectro que tendría consecuencias insospechadas para Moscú. Una diplomacia inteligente y previsora debería conducir a Putin a tender puentes con el gobierno del presidente interino Juan Guaidó, para que en el futuro puedan cobrar sus acreencias y por ese camino acercarse nuevamente a los países latinoamericanos y caribeños de los que se distanció.

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