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Puro cuento

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Para erradicar el transfuguismo político no es necesario promulgar una ley “anti”: debemos ir a la vena potenciando y poniendo en práctica la Ley de Partidos Políticos.



Esta semana el Tribunal Constitucional (TC) decidió por mayoría declarar inconstitucional en parte el artículo 37 inciso 5 del Reglamento del Congreso, por la demanda contra la llamada “Ley Antitransfuguismo”, al considerar que se estaba vulnerando los derechos a la libertad de conciencia, a la participación política, al principio de interdicción de mandato imperativo e impedía formar una bancada propia a aquellos congresistas que por algún motivo renuncien o sean separados del partido por el cual fueron elegidos.

¿Realmente se están vulnerando las libertades de aquellos que siendo elegidos por un partido o alianza política deciden por distintas razones o intereses formar una bancada independiente? Basados en una formalidad principista podemos decir que efectivamente se vulneran los derechos antes mencionados: toda persona —en este caso congresista— tiene el derecho de actuar conforme a su criterio de conciencia y de formar una nueva bancada. Aquí, sin embargo, surge una disyuntiva: ¿y los electores? ¿Acaso aquellos que votamos por una persona que nos representa en el Legislativo (y sobre la cual confiamos actúe de acuerdo con la ideología o programa de gobierno del partido por el cual ha postulado) no estamos siendo engañados? ¿No fue precisamente por lo vivido en nuestro Congreso durante la década del noventa que se promulgó la Ley Antitransfuguismo?

Considero que el asunto de fondo no está en buscar cercenar a los congresistas electos sus libertades de conciencia y de participación política, entre otras, sino en buscar mecanismos que nos den alguna garantía de que nuestro voto no será en vano y de que la persona a la que vamos a brindar nuestra confianza represente la ideología con la cual simpaticemos, sea aprista, fujimorista, comunista o de cualquier otra tendencia política.

Y es ahí donde precisamente radica el problema: los “partidos políticos” ¿(así entre comillas) hace mucho tiempo han dejado de serlo, los candidatos en las diferentes agrupaciones muy pocas veces surgen a raíz de un trabajo político partidario que los identifique con sus militantes; muchas veces son “invitados” y se ganaron tal privilegio en base a la capacidad económica que pueden tener, lo cual no necesariamente resulta sinónimo de capacidad política ni mucho menos de calidades éticas y morales. De ahí que nos hemos acostumbrado a los “comepollos”, “robacables” y otros especímenes que no han hecho mas que denigrar el concepto que deberíamos tener de un congresista de la nación.

Para erradicar el transfuguismo político no es necesario promulgar una ley “anti”. Debemos ir a la vena y esto solo se podrá hacer potenciando y poniendo en práctica la Ley de Partidos Políticos, asegurando que tanto los partidos como las alianzas regionales tengan una existencia funcional y no solo surjan meses antes de una elección. Si queremos congresistas que realmente representen a sus agrupaciones políticas, el Estado debe tener un organismo fiscalizador para que los dirigentes y candidatos de cada partido político sean elegidos democráticamente por sus militantes y no por cúpulas inmorales.

No será la panacea pero habrán mayores filtros para evitar que advenedizos continúen burlándose de las esperanzas de sus electores. Todo lo demás es puro cuento.

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