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¿Por qué nada cambia?

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Se está hablando de montos sin conocerse exactamente de la magnitud de los daños.



Las emergencias extraordinarias siempre desbordan nuestra capacidad. El lamento por la falta de prevención es permanente. Somos fatalistas (o más bien realistas) respecto a la eficiencia del Estado para atender a la población afectada, pero en los tiempos de calma no hacemos nada para buscar eficiencia y cambiar estos escenarios.

Las mayores víctimas de los desastres son, evidentemente, las personas pobres y vulnerables. Según un informe del BM, la repercusión de las catástrofes naturales en el PBI es 20 veces mayor en los países en desarrollo que en las naciones industrializadas. ¡Una diferencia sideral!

Un reto mayúsculo es la reconstrucción post desolación. Puede volverse casi eterna no solo por su costo y complejidad sino por desidia en identificar responsables que lideren el proceso, afán de protagonismo, populismo y todas esas debilidades humanas que son difíciles de combatir.

El presidente ha sido enfático en asegurar que los fondos están garantizados, que el problema es la gestión, que esta “emergencia” no tiene por qué ser determinante para suspender los Panamericanos u otras actividades del país. “Todo lo podemos, todo está bajo control”. Sin embargo, recordemos que no sólo se trata  del reemplazo de las pérdidas físicas, sino de la recuperación emocional y el costo de oportunidad perdido.

Se está hablando de montos sin conocerse exactamente la magnitud de los daños. Las lluvias van a continuar por varias semanas y ello produce un factor acumulativo de destrucción y desesperanza. En buen romance, pone la economía de cabeza: escasez, especulación, subida artificial de precios, acaparamiento y otras consecuencias inevitables; tristemente, para algunos las tragedias son un negocio.

Existen múltiples oficinas para atender desastres en el país, incluyendo las de los gobiernos regionales y municipales. Esta organización es adecuada para las emergencias sectoriales o eventos de relativo control pero para una tragedia de magnitud nacional tiene que existir una “supra agencia” absolutamente empoderada, con un claro liderazgo transversal y un equipo multifuncional que asuma todas las decisiones, bajo responsabilidad. El éxito está en la inmediatez y en su capacidad de poder coordinar sin autorizaciones previas, trabas o papeleos ociosos. Multiplicidad de cabezas y protagonistas solo crean confusión y desconcierto.

No se trataría de una entidad burocrática, sino de un conjunto de personas muy especializadas, que incluso podrían trabajar ad honorem en una permanente supervisión de las labores de prevención y de la existencia de recursos para afrontar las grandes emergencias nacionales. Hay que darle vueltas al tema, pero lo que sí nos queda clarísimo es que hoy no estamos preparados.

Una alternativa que también podría considerarse para coadyuvar en esta ardua labor es una suerte de OxI (obras por impuestos) ad hoc, con un marco legal más simplificado, específicamente para reconstrucción en caso de desastres. La empresa privada tiene capacidad de gestión, técnicos especializados, acceso inmediato a contratistas y fondos, los mismos que luego serían íntegramente aplicados contra el Impuesto a la Renta. Solo faltaría la confianza pero hay que construirla.

Esta tragedia nos deja doloroso aprendizaje y muchas tareas pendientes. Mientras tanto, seamos lo más solidarios posible.

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