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Opinión

¡Por la ruta de Túpac Yupanqui!

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La figura navegante de El Resplandeciente se evoca con gusto de cara a un repechaje allende las aguas del Pacífico.



Me resulta difícil sacar de la mente el crucial lance ante Nueva Zelanda por el cupo a Rusia 2018. Vivo oteando los confines del Pacífico: allí donde nos aguarda lo desconocido. Así de inquieto debe haber estado Túpac Yupanqui, el Resplandeciente, aquel día en Tumbes cuando un mercader le aseguró la existencia, allende los mares, de islas llenas de oro que aguardaban al joven auqui.

Cronistas de talla anotaron tiempo después con esmero los detalles. La historia era interesante por sí misma pero traía cierta reminiscencia de las míticas Islas del Rey Salomón y ello debe haber contribuido al registro de los cronistas. A mediados del siglo pasado, el noruego Thor Heyerdahl demostró que navegando en balsas prehispánicas se podía llegar de Tumbes a la Polinesia.

La ciencia avanza. Se pensaba que la navegación prehispánica estaba limitada a darse allá donde la dirección de los  vientos y corrientes te llevaran. Hasta que se comprendió mejor el uso de los guaros en las inmensas balsas. Atención, surfers. Los huaros eran quillas movibles de madera que se introducían entre los maderos a diferentes alturas y en diversas combinaciones. Ello permitía llevar la balsa donde tú quisieras, al margen del viento o de la correntada.

Quien mejor ha explorado los viajes Túpac Yupanqui es el recordado maestro José Antonio del Busto. Allí están los múltiples indicios del paso de Túpac Yupanqui. Desde el dios Tupa en la isla de Pascua (llamado hijo del sol en lengua nativa) hasta esa construcción pétrea asombrosa, allí mismo, que es idéntica en perfección y envergadura a los muros que sostienen Sacsayhuamán.

Con primorosa erudición, el maestro del Busto señala decenas de indicios, quizás entre los más fuertes se encuentren los quipus de Nuku Hiva, archipiélago de las Marquesas. Un crack, Túpac Yupanqui. Y ahora a la ficha técnica.

Si eras el hijo predilecto de Pachacutec te podías dar el lujo de montar sobre la marcha una flota de ciento veinte embarcaciones con dormitorios, depósitos y demás compartimentos. Iban veinte operarios por balsa: cinco de ellos marineros y los otros quince curtidos guerreros. Vayan sumando. ¿Y qué comían? Tome nota. Pescado, harto pescado salado. Charqui del bueno, la más sabrosa carne seca de auquénido. Qué mistura ni qué mistura. Camote y maíz tostado por doquier. Rica coquita de ida y vuelta, más todo lo que el mar sabe dar. No faltó nada y la expedición de Túpac Yupanqui fue un éxito.

Ya lo saben Orejas, Paolo, Gallese o Trauco. Ya lo saben. Cuando esté por rodar el balón recuérdenlo: no somos nuevos por esas latitudes.

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