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¡Por Dios, qué podrido está el Perú!

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Casos Quispe Pariona y Wilder Ruiz ponen en la picota al Congreso.



No va a pasar mucho tiempo en que la fractura moral que viven las instituciones de nuestro país pase una factura tan grande que la democracia no la pueda pagar. Ya no solo se trata de los delirantes reacomodos políticos con cara a los cargos públicos que están en disputa en las próximas elecciones generales donde respetables trayectorias políticas se despintan en “jales” estrafalarios (Vladimiro Huaroc con Keiko; Beatriz Merino y Humberto Lay con Acuña; Juan Sheput con PPK; y así por el estilo); sino que las instituciones mismas parecen descomponerse a ojos vista y sin el menor pudor.

El Consejo Nacional de la Magistratura, por ejemplo. Se supone que es una institución fundamental pues debe velar por la idoneidad moral y profesional de los jueces que nombra y cuya función pública controla. Sin embargo, todos hemos sido testigos de cómo fue ratificado uno de los miembros más cuestionados de ese consejo cuya miseria moral quedó patente en un audio difundido por la prensa en la que quedaba perfectamente establecida cuál era la visión que el susodicho tenía de la cosa pública: hacer negocios, pues.  

El único que renunció ante este despropósito fue el presidente del Consejo, mientras que todos los demás le dieron la bienvenida al de la moral laxa. Ante el evidente escándalo público de tener a un inmoral fiscalizando la moral de quienes deben impartir justicia, el CNM se vio obligado a retroceder y a destituir a quien apenas unas horas antes había ratificado. Así pues, quedó patente que el inmoral no era sólo el señor Fulano, sino que el pleno del CNM era de la misma laya. Ahora, ante la legitimidad de las voces que piden la destitución de todos los cómplices morales de Fulano, sus defensores replican que ello es innecesario porque lo que importa es que, finalmente, Fulano ya no está. Más o menos en la misma línea de cuando Nadine Heredia dice que ya no hace falta la pericia grafológica porque ya reconoció la propiedad de sus agendas. O sea, somos sus cómplices pero ya lo botamos, ¡qué más quieren!

Otra. El pleno del Congreso, contra el dictamen de la Comisión de Ética que proponía una suspensión de 120 días para el congresista Ruíz por despedir a una asistente embarazada, vota a favor del congresista. Todo en secreto, para que no se sepa nada, con el cuento de que las honras deben ser resguardadas. Sí, claro: ¡las suyas! El congresista Abugattás rompe el secreto de la sesión de la ignominia y difunde en directo a través del celular— cómo sus colegas se hacen cómplices morales de Ruiz. Censurable pero comprensible.

Obviamente la indignación pública no tarda en llegar porque se termina dando la paradoja de que el sancionado con 120 días de suspensión es el que difundió la infamia, mientras que el que la cometió termina bien sentado en su curul. ¿Conclusión? El pleno retrocede y decide que reconsiderará la votación en que avaló a Ruiz esta vez, se supone, para mandarlo a su casa. O sea que el mismo pleno que votó por la “moralidad” de Ruíz pretende cambiar su voto por la “inmoralidad” sin que medie ningún hecho nuevo de por medio, salvo, claro está, el videíto que pintó a todos sus cómplices de cuerpo entero.

Por Dios, ¡qué podrido está el Perú!

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