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Perú: la sociedad del odio

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Somos intolerantes con quienes no piensan como nosotros y usamos nuestras libertades para reprimir las de los otros.



“Terruca como Verónika Mendoza”, le gritaron a Susana Villarán.”Solo Keiko los puede barrer a todos ustedes”, añadieron. Esto implica que, en el Perú, si eres de izquierda eres terrorista; y si eres terrorista, cuando Keiko sea presidente morirás. Implica también que no tienes derecho a hacer una campaña en contra de un candidato porque serás agredida; que si eres tendencia en las redes sociales, no puedes ser competente profesionalmente.

Además, implica que no deberías buscar justicia fuera del país, sino quedarte callado.

En estos últimos meses, hemos visto como se utiliza sistemáticamente la libertad de expresión para silenciar. Más importante que la actual coyuntura es que los peruanos hayamos decidido vivir en una sociedad donde no respetamos ideas diferentes y somos intolerantes con quienes no piensan como nosotros. Usamos nuestras libertades para reprimir las de otros.

Insinuamos, ofendemos, reprimimos, deslegitimizamos, descartamos e imponemos nuestros intereses y prejuicios a través de una violencia verbal desequilibrada. Como resultado, hemos ensordecido a la población y reducido el necesario debate de ideas y valores a simples juicios sobre personalidades. Y tampoco lo hemos hecho informalmente: la agresividad se encuentra maquillada de análisis político, institucionalizada y liderada por la prensa, por los líderes de opinión y por los políticos.

Los editoriales, los programas en vivo y los opinólogos integramos un “Esto es guerra de los temas serios” y con ello hemos convertido este proceso electoral en el “Laura en América” de los procesos electorales contemporáneos en el mundo.

J. S. Mill mencionaba que el punto principal de la libertad de expresión era obtener conocimiento para encontrar la verdad; de lo contrario, esta sería escondida y basaríamos nuestras ideas en prejuicios. Hace casi cien años, Oliver Wendell Holmes, juez de la Corte Suprema de EE. UU., escribió un disentimiento legal donde menciona que el mercado de ideas decidirá cuál es verdadera, vigilando a aquellos que intentan reducir la libertad de expresión (siempre que no vaya en contra de un peligro presente inminente).

Hoy en el Perú, las opiniones no utilizan ni conocimientos ni ideas y no buscan la verdad como fin. Por eso, es difícil que nuestro mercado de ideas distinga la verdad dentro de todos los prejuicios, de las ideas preconcebidas y de la cultura de expresión represiva. Esto ocasiona que la población esté desinformada, tenga miedo de opinar y que cuando interactúa lo haga través de insultos gratuitos, insinuaciones y prejuicios que repetimos hasta generar la ilusión de verdad.

Todo lo anterior está muy alejado del conocimiento que prioriza Mills. Si bien no hay, como pedía OWH, peligro inminente presente, esta característica dista mucho de ser la base para una sociedad libre y más bien se convierte en una cultura fácil de atrapar para un dictador.

Aunque no estamos en un momento en el que pueda decirse de manera definitiva que los peruanos practicamos institucionalmente un discurso de odio, es innegable que esa violencia verbal visceral, nunca antes vista en un debate nacional, sí confirma que vivimos en una sociedad de odio.

No importa si estas elecciones terminan pronto: vamos a necesitar mucho tiempo para que nuestra sociedad vuelva a la civilidad.

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