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Ollanta Humala, no olvidaremos

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Cinco años después, ha corrido el reloj: terminó el gobierno humalista.



El gobierno del presidente Ollanta Humala, por varias razones, nos resultará inolvidable.

No olvidaremos que, cuando llegó al poder, era el representante político del proyecto chavista en el Perú. Que Chávez haya dejado de existir de pronto y que el petróleo bajara de 130 a 30 dólares el barril fueron hechos externos que obligaron a tomar un plan B.

No olvidaremos el día que asumió el mando hace casi exactamente cinco años —y que, rogándole a todas las vírgenes, esperábamos que por lo menos no fuera un gobierno tan, pero tan malo, tal como se perfilaba desde su juramento por la Constitución de 1979.

No olvidaremos que fue un gobierno de izquierda, empoderado por las izquierdas, puesto por las izquierdas, con parlamentarios y ministros de las izquierdas, con tecnócratas de las izquierdas y prédica original política y programática de izquierda (ver documento “La gran transformación”). Muchos de estos hoy se reciclan —cuándo no— bajo el puño y la “flor” del llamado Frente Amplio.

Tuvo, eso sí, que dejar el manejo económico a dos economistas de derecha, porque tampoco iba a arriesgar tanto en tiempos en que ya no había un Chávez que le echara la mano.

No olvidaremos que durante su gobierno, la economía se ralentizó, aunque cierto sea que el mundo también caminó más lento. Pero le tocó a él, luego del acelerado crecimiento de la década previa. Menos mal que, a Dios gracias, no siguió con su plan original.

No olvidaremos las muchas veces que nos dejó mal y peor en el contexto internacional con sus formas pésimas y su ausencia de talla de presidente. En esta tarea, ayudado de manera entusiasta y comprometida por su sobredimensionada consorte.

No olvidaremos su lenguaje de barra brava, sus diatribas a sus opositores en cuanta declaración o inauguración tuviera a la mano.

No olvidaremos que llegó con su estampa de militar rudo y no pudo ni con los delincuentes callejeros, sumiendo al país en la más terrible sensación de inseguridad.

No olvidaremos a los muchos niños muertos por sus programas alimenticios sociales ni su fracaso en abatir la desnutrición crónica de tantos pequeños en situación de pobreza. Ni la impunidad con la que blindó a sus ministras responsables.

No olvidaremos las mentiras de su esposa cuando negaba en televisión en vivo, en directo, en alta definición y en las reiteradas oportunidades que se le preguntó sobre la autoría de sus controvertidas agendas. Ni pasaremos al olvido su último estertor de revancha al amenazar a la periodista que sacó a la luz tal hecho escandaloso.

No olvidaremos que destruyó la institucionalidad del Poder Ejecutivo estableciendo un poder paralelo con su esposa en situación de gran capitana del barco, autorizadora de “luces verdes” y “propietaria” de ministros (y ministras). Ni los maltratos a ministros que, ingenuamente, se habían creído el cuento de que era un presidente de verdad de una república de verdad.

No olvidaremos que quienes lo hicieron famoso con la prédica etnocacerista lo consideran un traidor. Ni que la prensa se hizo la que miró a otro lado todos estos años para no refregarle en la cara que él dio la orden a su hermano Antauro para armar el “andahuaylazo”, que le costó la prisión que hoy sigue purgando y que hasta su propia familia se lo repudia. Tampoco olvidaremos “Madre Mía” y esperaremos que el nuevo Congreso actúe en consecuencia.

No olvidaremos que siendo candidato fue el primer activista antiminero del Perú. Y que luego, cuando ya era presidente, los conflictos le reventaron en la cara dejando al país sin importantes proyectos mineros que habrían podido torcer el bajo crecimiento económico. Todo por irse de boca y generar compromisos perjudiciales al país.

No olvidaremos que extendió el clientelismo hasta el punto de expresar que sentía que su gobierno había sido exitoso porque amplió los programas sociales y su cobertura. Como si dijera que la gente es más rica cuanto más depende de la dádiva estatal. Atroz.

No olvidaremos que su gobierno pasa a ser, con total certeza ya, el más corrupto por lo menos de lo va que este siglo. Veremos cómo califica en el ranking general de la corrupción de todos los tiempos cuando se inicien las investigaciones en serio bajo el nuevo gobierno y con el renovado Congreso.

No olvidaremos a quienes lo pusieron en el poder. Especialmente a los más ilustres que, incluso, fueron sus garantes. Y que —digámoslo claro—compartirán activos y pasivos en lo que fue un cabal cogobierno. Porque la presencia de Pedro Cateriano como verdadero “hombre fuerte” —después de la esposa del Presidente, por cierto— nunca fue casual ni fortuita.

Finalmente, no olvidaremos la cuenta regresiva de 1827 días que muchos peruanos preocupados, empezaron el 28 de julio de 2011. Hoy, cinco años después, ha corrido el reloj.

Hay motivos para celebrar. ¡Qué viva el Perú!

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