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Nuestra libertad está en juego

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Curiosamente, “es lo que quiere el pueblo” decía también Mussolini en 1922 para exacerbar los ánimos de Italia y organizar "la marcha sobre Roma", que terminó destruyendo el sistema parlamentario y convirtiéndolo en un dictador. Aunque, finalmente, fue colgado por el mismo pueblo que dijo representar.



Mientras el presidente Vizcarra estaba en las Naciones Unidas despotricando de la realidad política del país que debería gobernar,  la Comisión de Constitución del Congreso decidía aprobar el archivo del proyecto de adelanto de elecciones propuesto por el Ejecutivo. Con ello, el tablero de ajedrez viene dando un giro lógico (pues habría que ser muy ingenuo para imaginarse que la iniciativa presidencial iba aprobarse) que debería obligar al mandatario a pisar tierra e iniciar un diálogo productivo con el Legislativo, para salir del estancamiento en el que nos encontramos.

Eso sería lo lógico, pues una democracia funciona en base al diálogo permanente, cediendo y otorgando concesiones recíprocas que permitan estabilidad y gobernabilidad. Sin embargo, por la reacción hepática del premier Del Solar y su “no nos quedaremos con los brazos cruzados”, me temo que Vizcarra pretenderá patear el tablero invocando a la cuestión de confianza o, en caso extremo,  renunciando a su investidura. Esto en su convencimiento de así tendrá asegurado su triunfo en las elecciones del 2021, bajo la premisa de que “es lo que quiere el pueblo”.

Curiosamente, la misma premisa utilizó en 1922 Benito Mussolini para exacerbar los ánimos del pueblo italiano y organizar la llamada “marcha sobre Roma”, que terminó destruyendo el sistema parlamentario de ese país y convirtiéndolo en un dictador. Mussolini, finalmente, fue colgado por el mismo pueblo que dijo representar. Fue también el argumento utilizado por los sacerdotes fariseos para, en base al odio, manipular a la población judía con el fin de que esta prefiera la liberación de Barrabás y vitoree la crucifixión de Cristo, mientras el pusilánime Poncio Pilatos se lavaba las manos.

Sin lugar a dudas, la historia nos ha enseñado que con la propaganda adecuada la población se vuelve voluble y manipulable: ampararse en “lo que quiere el pueblo” es la excusa perfecta para quebrantar un sistema –imperfecto pero mejorable, como lo es la democracia– y establecer el absolutismo ramplón de quien quiere imponer sus posiciones sin consenso. Por ello, la desesperación del Gobierno por la batalla perdida debe mantenernos alertas. Nuestra libertad está en juego.

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