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“Not my president”?

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Medios de comunicación y establishment de Estados Unidos rompen con la democracia y conspiran contra la soberanía del voto.



Las diferencias políticas se dirimen en una democracia con el poder del voto. Votan todos los que quieren en el marco de la ley y participan activamente apoyando a sus candidatos hasta el día de la elección. 

Durante más de un año en Estados Unidos se desarrolló una intensa campaña electoral. En las primarias de los dos partidos tradicionales, se presentaron una pluralidad de ofertas electorales tanto en el campo de los demócratas como en el de los republicanos. Hubo sendos debates y presentaciones públicas en que los diferentes candidatos expusieron sus plataformas políticas para el gobierno nacional. De esa confrontación política de ideas y programas salieron los candidatos Hillary Clinton y Donald Trump.

La campaña presidencial entre la demócrata y el republicano fue transparente para que cada americano supiera por quién iba a votar. La prensa no solo escudriñó la vida pública de Clinton (aquí estoy siendo generoso) y Trump sino, y sobre todo, la privada. Ningún rincón de sus vida quedó sin escrutar. Se efectuaron tres debates con audiencias nunca antes vistas en Estados Unidos para que cada ciudadano pudiera sacar sus propias conclusiones.

Finalmente, el martes 8 de noviembre, el pueblo de los Estados Unidos a través de su mecanismo electoral vigente desde hace doscientos años eligió libre, soberanamente y contra todo pronóstico a Donald Trump como el cuadragésimo quinto presidente de los Estados Unidos, además de darle a los republicanos la mayoría en las dos cámaras del Congreso. 

Ni bien sabida la noticia, los medios de comunicación que apoyaron a Clinton (es decir, TODOS) le declararon la guerra al presidente electo. Antes se la habían declarado al candidato Trump. 

Editorializando en sus portadas contra la victoria inobjetable de Trump y, luego, amplificando pequeñas protestas para convertirlas en “masivas protestas en todo el país”, la prensa americana se quitó la careta al romper con la democracia y la libertad de expresión de la mayoría de Estados que votó por Trump. Así, medios como el NYT, el WP, Neesweek (el más grosero, tal como vemos en la foto que acompaña este artículo), entre los principales, pasaron de ser los adalides de la prensa libre a los adalides de una nueva prensa totalitaria.

El puñado de medios (en este caso soy literal) que, luego de la elección, pretendió voltear la página y reconocer el triunfo del magnate ha sido estigmatizado con amenazas de boicot. El actor John Cryer, que hizo de parásito papanatas en la mundialmente conocida serie Two and a Half men, invocó a sabotear a la revista People por su apoyo al presidente electo. 

Mientras, en los estados donde ganó la candidata demócrata, pequeños piquetes de gente que no asume que la elección presidencial terminó y que las disputas políticas quedaron dirimidas con el voto protestan porque Trump “no es su presidente”. ¿Y entonces, quién es? ¿Acaso hubo fraude para que protesten? ¿Los medios no cubrieron la campaña de Clinton? ¿Mintieron cuando se efectuaron los tres debates presidenciales para dar por ganador a Trump? ¿Se parcializaron en contra de Hillary las encuestas? 

¿Tiene sentido la “protesta” para desconocer la victoria de Trump?

Sí lo tiene si se es totalitario. Los totalitarios no creen en la democracia o solo creen en ella cuando les conviene. Su filosofía es muy simple: sólo yo tengo la razón y, por lo tanto, todo el que no la tiene debe ser puesto en vereda por la fuerza (del tumulto, de la censura o de las armas), que es lo único que queda cuando la legitimidad y legalidad del voto son puestos en entredicho en la vida pública. 

Los comunistas, por ejemplo, creían que tenían “la razón de la Historia a su favor” y que, en tal sentido, ellos eran la vanguardia del progreso humano. Así pues, quienes no pensaban como ellos eran “enemigos de ese progreso” y debían ser exterminados, silenciados o reeducados. Todo, por su puesto, en nombre del “humanidad”, de la “paz mundial” y de la “confraternidad de los pueblos”. Viejo truco que no engaña a los que nacimos en el siglo XX. 

Cuando los “liberales” y “progresistas” que marchan (o escriben y opinan) contra Trump se convierten en DOGMÁTICOS pasan al campo del totalitarismo. Pretenden que sus valores sean los de todo el mundo porque representan el “progreso de la humanidad” que, claro, definen a su antojo. 

Una pequeña élite se convierten así en la medida moral, política y filosófica del universo que juzga y decreta que está bien y que está mal desde la universidad, la prensa, el arte y la calle. Cuando esto sucede, pierden cualquier empatía con el “otro” y no lo reconocen más que como el enemigo al que hay que exterminar.

Eso es lo que está pasando en los Estados Unidos con la casta que acaba de perder el poder tras la victoria de Trump. 

Las máscaras han caído allá como aquí también (basta leer los periódicos y ver los noticieros). De “liberales” no tienen un pelo. Son TOTALITARIOS. Y es bueno decirlo con todas sus letras.

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