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¡No te metas con los medios!

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Mercedes Aráoz movió el tema de la calidad de los contenidos televisivos y dio inicio a otro episodio de sobrereacción.



Mercedes Aráoz movió el tema de la necesidad de productos de calidad en la televisión e inmediatamente surgió la defensa de la libertad de prensa y de la libertad de expresión. Otro episodio de sobrerreacción defensiva mediática que soslaya el verdadero problema de una sociedad que se va saturando de contenidos que no ayudan a su progreso y que la mayoría considera televisión chatarra o basura. Si ese concepto ya está en la mente de la gente es porque existe insatisfacción con cierta programación emitida en la televisión abierta y por lo tanto el asunto debe ser materia de debate y de mejores propuestas.

No es que no se trate de control de contenidos; es justamente ese el tema. Y no hablamos del control que pueda venir de autoridades gubernamentales o de entidades sociales sino del control que los mismos empresarios de medios deben asumir para supervisar el producto que emiten. Entre el rating y la necesidad de calidad hay un falso dilema, la rentabilidad no puede suponer la difusión de aquello que algunos creen gusta a la gente, dando por hecho que esto es lo vulgar y lo sexista, indiscriminado y sin criterios éticos y sociales. Para los que piensan que lo ético es aburrido hay que recordarles que libertad no quiere decir dejar de cumplir con el servicio público de entregar el mejor entretenimiento y la mejor información.

La televisión abierta es demasiado importante para que la sociedad a través de sus líderes no recuerde a sus responsables que su compromiso social empresarial tiene que ver con la autorregulación y con el autocontrol.

No se puede silenciar la necesidad o el malestar, soslayar el debate o el cuestionamiento, afirmar simplemente que el público tiene la capacidad de seleccionar el canal y el medio. Si bien tenemos el control remoto, elegimos solo entre lo que se nos ofrece. Y es justamente la oferta la que debe ser cuidadosa y selectiva.

Viene a cuento el derecho a la información. La “libertad de expresión” está englobada en “el derecho a informar y a recibir información”, garantizado constitucionalmente. Algo que nos compete a todos pues la suma de contenidos organizados y difundidos influye en la forma en que concebimos y tratamos la realidad. Por eso, exigir los mejores contenidos en forma y fondo es importante y más aún saber que no se darán si no se pone en su selección el cuidado indispensable.

Si queremos respeto para la dignidad de la persona humana, para la intimidad y el pudor, y difundir valores sociales indispensables, no debemos dudar en exigir contenidos que construyan una mejor sociedad. No lo conseguiremos si cada vez que movemos el punto de los estándares de calidad la respuesta equivocada es el miedo a la censura o a la autocensura, de la cual, en este caso, nadie ha hablado.

Aráoz agregó el tema de la publicidad estatal que “debería estar relacionada no solo al rating sino también a los buenos contenidos”. Bien que lo diga tan alta autoridad del gobierno. Esta es una esencial asignatura pendiente en todos los países del continente. Y nadie ignora que su asignación puede servir para influencias gubernamentales perniciosas.

Esta visión de alerta no debería caer en el vacío si recordamos nuestra historia reciente plagada de prácticas nada santas.

Muy saludable sería conocer datos sobre la publicidad oficial, actuales e históricos recientes, para establecer criterios para su distribución. No hay normativa que la regule y queda en manos de cada gobierno asignarla, algo que se ha hecho bajo la forma de premios y castigos,  sin transparencia y según los problemas gubernamentales han sido tratados informativamente. Beneficios directos para medios afines y complacientes, sin relación con sus niveles de audiencia u otros criterios objetivos.

Que Mercedes Aráoz haya puesto el tema en debate es saludable y positivo. Estamos ante una voluntad preventiva que debemos atender. La asignación de la publicidad oficial es una cuestión significativa para la libertad de expresión y puede ser una herramienta eficaz para incidir en el funcionamiento del sistema de medios y en el tratamiento de la información; tanto o más importante que los mejores contenidos de entretenimiento. Bien por ello.

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