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No firmo nada

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Habría que ser cojudo para firmar cartas de adhesión a los intereses de gente que vendió la propia soga con la que los van a ahorcar.



Está circulando una carta de “Rechazo contra proyectos de ley contra la Educación Privada”.  La están firmando diversas personalidades y personas no tan conocidas que, COMO YO, creen en el emprendimiento privado y rechazan el estatismo. “Estos predictámenes quieren controlar los estados financieros, sueldos, costos y planillas de los colegios, imponerles números de alumnos por aula virtual, obligarlos a reservar vacantes para niños y niñas que dejan sus servicios por seis meses y mantener sus plazas vacías, y obligarlos a depender de las APAFA casi como si éstas fueran sindicatos”, dice la carta.

Todo bien con los conceptos. Es más, CONCUERDO; pero yo no firmo nada.

Para firmarla tendrían los afectados que hacer un examen de conciencia de por qué llegamos a tener en la representación nacional la actual correlación de fuerzas con una demagogia nunca antes vista.

¿Apoyaron a Vizcarra en la disolución de facto del Congreso anterior? ¿Enmudecieron ante la campaña mediática de los medios de comunicación contra los partidos políticos, que mal que bien los representaban? ¿Se rasgaron las vestiduras por el gobierno de PPK, haciéndole la vida imposible a la china con mohínes de asco? ¿Y cuándo Vizcarra dio el golpe y convocó a nuevas elecciones complementarias extraordinarias para el Congreso , a cuántos postulantes ayudaron para que defendieran sus intereses y sus principios?

Cuando postulé, entre las varias personalidades que se me acercaron para felicitarme por mi decisión de hacerme responsable políticamente por mis opiniones –diferenciándome de aquellos periodistas-activistas que hacen política escudándose bajo la “libertad de expresión” financiada con publicidad estatal– estuvo una importante lideresa del gremio empresarial más grande el Perú. Ella, precisamente, ha sido parte hoy de ese grueso de personalidades que condena activamente en Twitter la estocada final que pretenden darle a los colegios privados. ¿Qué me dijo? Bueno: luego de saludar calurosamente mi candidatura fue enfática en decirme que como gremio no apoyaba a nadie. Y tampoco se manifestó de su bolsillo, por supuesto.

Otro: en una reunión social en la que había unas doscientas personas invitadas a un banquete de bodas, una buena amiga empezó a hacer una colecta para apoyar mi candidatura. ¿Saben cuántos colaboraron de los doscientos? Dos. ¿Saben cuánto se recaudó? Veinte dólares; es decir, diez dólares por cabeza. Los rechacé cortésmente. Eso sí, todos los doscientos que fueron no paraban de saludar mi valor por presentarme en “circunstancias tan difíciles”, mientras se empujaban el champán y los canapés. ¡Cuenta con nuestro voto, me dijeron! No dudo que la mayoría de ellos cumplió, y se los agradezco, pero naturalmente en una campaña hace falta más que eso.

Huelga decir que en mi caso no hubo pancartas ni paneles, ni nada por el estilo: apenas una austera campaña en redes sociales. Por ello tiene más valor aún la confianza que, a pesar de la escasez, dieciocho mil personas pusieron en mí. No fueron suficientes –y tengo claro que en política ganas o pierdes, no hay más–, pero va para esas personas mi profundo reconocimiento.

Entonces, ahora los empresarios piden firmas. Y es que en esa época esperaban poder sobrellevar la correlación de fuerzas resultante, pero nunca imaginaron que una pandemia mundial dejaría en menos cero la economía. Hoy esa correlación ya no se puede disolver y está plagada de demagogia, salvo honrosas excepciones de congresistas decentes que hacen malabares para contener la marea populista y estatista (les voy avisando que la representación del Bicentenario será aún peor).

¿Creen que con cartitas, firmitas y apelaciones a Cateriano se van a salvar de que no les hundan la educación privada? Por si algún TONTO no me ha entendido: estoy de acuerdo con la iniciativa privada, con la propiedad privada, con el libre mercado y el sentido común; soy enemigo de las regulaciones y solo estoy a favor de estas cuando son estrictamente necesarias. Sin embargo, habría que ser cojudo para firmar cartas de adhesión a los intereses de gente que vendió la propia soga con la que los van a ahorcar.

¡Qué pena, pues! ¡Mi firma vale mucho más!

Imagen: Matt Groening y Fox Broadcasting Company

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