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Netflix: la sorprendente y edificante vida de la princesa Alicia de Battenberg, la santa de “The crown”

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SIN SPOILERS: La serie resulta de visión obligatoria gracias a episodios como el conmovedor y absoluto homenaje (en épocas de justificado escepticismo hacia las viejas instituciones) a la calidad humana de la madre del príncipe Felipe.



The crown es una de las mejores series de Netflix pero, aunque solo pudierámos decir que es buena, resulta de visión obligatoria gracias a episodios como el conmovedor y absoluto homenaje –en épocas de justificado escepticismo hacia las viejas instituciones– a la calidad humana de la princesa Alice von Battenberg, la madre del príncipe Phillip.

En su cuarto capítulo, la serie se sirve de su sorprendente historia para contrastar la grandeza de espíritu de una madre piadosa con la frivolidad de su hijo, concentrado en una absurda estrategia de relaciones públicas que incluía la filmación de un documental de la BBC sobre la vida diaria de los Windsor en el palacio real (que en su momento, 1969, tuvo el efecto contrario al deseado: los dejó en ridículo).

Nacida en presencia de la mismísima reina Victoria, Alice padeció sordera congénita y problemas nerviosos que la llevaron a ser separada de su familia para ser internada en sucesivos sanatorios y sometida a infinidad de vejatorios  tratamientos médicos (incluidos rayos X a sus ovarios para anular su libido). No obstante, ya en su madurez encontró la paz poniéndose al servicio a los más necesitados: regaló todas sus pertenencias, fundó un convento en Grecia y allí se dedicó a cuidar enfermos durante veinte años.

En 1967, a causa del llamado “golpe de Estado de los coroneles”, Alice tuvo que abandonar Grecia y vivir en Buckingham hasta su muerte dos años después. Poco antes de partir pidió ser enterrada en el Convento de Santa María Magdalena en Getsemaní, en el Monte de los Olivos de Jerusalén. Su deseo recién pudo cumplirse en 1988, y desde entonces reposa cerca de su tía Isabel Fiódorovna, santa de la iglesia ortodoxa rusa.

En 1994 –cuando Israel le otorgó póstumamente su máxima condecoración, “Justos de las Naciones” por su ayuda a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial— su hijo le rindió tributo con estas palabras: “Sospecho que nunca se le ocurrió que sus acciones eran especiales. Ella era una persona con una profunda fe y consideraba como una acción totalmente humana ayudar a otros seres humanos en peligro”.

Foto: Difusión

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