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Nadie sabe para quién trabaja

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Lobby antifujimorista promovió viaje de fiscales a Brasil, pero palabras de Odebrecht terminaron hiriendo de gravedad a PPK y oficialismo.



La coyuntura política se mueve a paso acelerado y la pugna de poderes prosigue, aunque nadie sabe para quién trabaja. Toda la fuerza del antifujimorismo se concentró en promover la confrontación oficial con Odebrecht en la esperanza que el corruptor mayor termine por comprometer a AG, Alan García, y confirme de una vez aquello de aumentar a Keiko y hacer una visita.

A la hora de la hora resulta que sí, AG es Alan García pero que se sepa esa sigla no parece en ningún contexto vinculado a coima alguna. Y lo de Keiko resulta ser una fabricación. Eso de hacer una visita, ha sostenido Odebrecht, alude a otro contexto y no se refiere a Keiko, a quien el corruptor no conoce. Eso sí: téngase presente que si la candidatura de Keiko recibió dinero de Odebrecht Barata es la persona encargada de confirmarlo. O sea, igual que antes del viaje de los fiscales: a la espera de Barata.

¿Igual que antes? De ninguna manera. De pronto el tablero giró, pues Marcelo Odebrecht involucra a PPK. Según ha trascendido, Odebrecht sostiene que Pedro Pablo era una piedra en el zapato y que fue preciso contratarlo como asesor luego a fin de curar heridas.

En fin. ¿Qué piedra se deja contratar por el dueño del zapato? Vaya uno a saber. La airada y breve negativa presidencial era de esperarse, pero se inicia una nueva etapa en la que la estabilidad de la figura presidencial entra en juego. En verdad los fiscales iban a a Brasil por el vuelto de Keiko y Alan, y les pasó como en esa gran salsa urbana de Blades: “en vez de una sardina a un tiburón engancharon”.

Y mientras escribo me cuesta evitar la imagen del presidente Peter Paul, horizontal como un escualo, esperando a ser fileteado. Aunque todo tiene su procedimiento. Incluso si más tarde Barata confirmase que PPK estaba en la jugada, no podría haber fundamento más que para armar un caso que aún no existe.

Si las palabras de Marcelo y Barata no bastan (y vaya si no bastan), será preciso poder corroborarlas siguiendo la ruta del dinero. De confirmarse, el presidente puede argumentar que no se acordaba (como dijo anteriormente) y tendrá que exhibir la documentación que acredite el recibo. Y si la exhibe queda mal pero suelto en plaza.

Todo aquello tomará tiempo. Pero en el corto plazo la erosión a la figura presidencial parece ya difícil de evitar. Somos mundialistas y sonreímos felices. Pero las fuerzas de nuestra política, como placas tectónicas, acuden sin remedio hacia una colisión.

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