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Mucho ruido y pocas nueces

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La "novela" de los ascensos de la promoción del presidente



La semana ha empezado con el tema del ascenso —anunciado desde hace tiempo— de cuatro integrantes de la promoción militar de Ollanta Humala a generales de división. Esto ha desatado una cobertura periodística —casi la unanimidad de las portadas de todos los diarios— que no se puede calificar sino de exagerada y que abona en la cultura de la sospecha que ha arraigado en la sociedad peruana durante estos últimos años.

Lo que se sugiere es que estos ascensos tienen fines subalternos contra el proceso electoral en ciernes y, por lo tanto, contra la democracia. Sin embargo, resulta un poco difícil sostener tal especie desde el momento que para que ello ocurra tendría que haber no solo un consenso en el Ejército para desestabilizar el sistema democrático (suponemos que a pedido del gobierno), sino que además tendría que existir ese mismo consenso en la Marina y la Fuerza Aérea, pues ningún quiebre institucional —que es lo que se sugiere con el alarmismo político y periodístico con el que estamos siendo bombardeados— podría producirse sin la participación de las tres armas.

Obviamente, tal situación no existe. En simple: con cuatro generales del Ejército recién ascendidos no puedes llegar muy lejos si de lo que se trata es de desestabilizar la democracia, máxime si —como afirman los medios—, “hay malestar” en esa arma porque no ascendieron los que debían según el cuadro de méritos.

Seamos claros: a la promoción del presidente le tocaba ascender y así ha ocurrido dentro del ordenamiento legal vigente. Han sido dos más de lo previsto por la “tradición” (¡se llegó a decir que iban a ser 10!), pero ello no sugiere peligro alguno que se sustente en la realidad. En cuanto al mérito institucional que algunos políticos reclaman que no se ha cumplido, habría que decir que ello NUNCA sucede del todo. Es una dosis de mérito y política la que siempre interviene en los ascensos. Con la constitución anterior sucedía exactamente lo mismo, con la diferencia de que el componente político lo ponía el Congreso y no el presidente, pues los aspirantes a generales de división, almirantes, tenientes generales y embajadores tenían que hacer lobby en las oficinas de los senadores para que “saliera” su ascenso.

En conclusión: mucho ruido y pocas nueces.

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