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¿Morir en una cárcel?

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¿Para eso hicieron política? ¿Para terminar así? ¿No pudieron hacer las cosas distintas?



Alejandro Toledo está preso. Preso y hasta hace poco incomunicado. Ha estado en dos prisiones como parte del mismo proceso de extradición, pero ante todo está preso de la historia que él mismo habría escogido construir. Sabe que si regresa al Perú y no demuestra su inocencia quedará además alejado de su más cercano entorno, pues este no vive en el país. Está deteriorado psicológicamente, y angustiado por la indignidad que le significará ser traído a la fuerza y en forma mediática.

Atrás quedó el impulsor de la Marcha de los Cuatro Suyos, su buena gestión económica, el enfrentamiento público por la búsqueda de las libertades. Cuando fue al Congreso declaró que el dinero de las propiedades que había comprado no era suyo, sino de una familiar muy cercana. Y amparado en esa historia, salió del Parlamento dando besos volados y regalando flores a una muchedumbre impostada. Pero la Fiscalía siguió investigando, y hoy recaen sobre él acusaciones muy complicadas.

Quizás fue el apetito de más poder lo que lo llevó a actuar así, quizás la seducción del cargo que ocupó; quizás la frivolidad del éxito político, o tal vez se trató de un simple aprovechamiento desde la presidencia.

Luego de su mandato, Toledo postuló dos veces más. Ya denotaba cierta desconexión cuando propuso desde Huancayo que todos se unieran torno a él para ganar en primera vuelta, cuando el país claramente buscaba lo contrario. Ahora está en lento retorno al país y tendrá que demostrar su verdad. Mucha gente se pregunta: ¿para qué hizo lo que la Fiscalía afirma que hizo? ¿Tenía necesidad de hacerlo si lo hizo? Su caso no es para alegrase: es más bien bastante triste, pero podría ser un ejemplo más de cómo pueden terminar los que al hacer política convierten a su gestión en una práctica de trabajo equivocada.

Pero Toledo no es el único que está en problemas: Castañeda Lossio también forma parte de una investigación de una u otra forma parecida. No puede salir del país y su casa acaba de ser allanada ante una prensa que se instaló a las afueras de su vivienda todo el día, para malestar de sus vecinos. Tiene además varias investigaciones en curso y todo indica que se indagarán no solo sus gestiones ediles, sino también su campaña a la presidencia (que fue millonaria).

Susana Villarán también está presa víctima de sus propios errores. Enarboló un discurso de honradez y se presentó como una alternativa distinta. Hasta mostraba una chalina verde tratando de marcar diferencias. Utilizó además a un conjunto de artistas a sabiendas de lo que estaba ocurriendo. Y ahora cumple con prisión preventiva mientras la suma investigada ya asciende a veinte millones de dólares.

PPK tampoco puede salir de su casa: tiene detención preventiva, porque su edad y su reciente condición de presidente lo han ayudado a no purgarla en un penal.

Los Humala siguen investigados, y todo indica que Nadine Heredia entrará en mayores problemas conforme avancen las investigaciones. Quiso gobernar un país que no la eligió.

El APRA se quedó sin candidato a raíz de la decisión de su máximo líder. Ahora aparecen las declaraciones de su exsecretario presidencial. La familia del expresidente se ha manifestado indignada respecto a lo que considera una infamia. Todo indica que la Fiscalía seguirá investigando el caso y habrá que esperar el rumbo de las investigaciones.

Todos estos casos, de ser ciertos, tienen una historia que parece ser la misma pero con diferentes protagonistas: una historia de corrupción, de coimas, de subestimación, de manipulación, de mafia y de utilización de la esfera pública en favor de intereses personales. Es decir, de desprecio a la ciudadanía.

Muy posiblemente, de prosperar estas investigaciones y de confirmarse las hipótesis de la fiscalía, todos los arriba mencionados morirán en la cárcel. ¿Para eso hicieron política, para terminar así? ¿No pudieron hacer las cosas distintas? ¿Es ese el ejemplo que dejarán sobre lo que es hacer política?

Keiko Fujimori también cumple con prisión preventiva, pero por otras razones. Ella no ha gobernado. Hay un hábeas corpus que tal vez le dé la libertad, aunque los juicios que recaen sobre ella le serán de muy difícil enfrentamiento. Y su actitud frente a la gobernabilidad del actual mandato presidencial complicó el panorama político del país.

Mientras todo esto ocurre y se mueve, se esconde o se investiga, gran parte del Perú funciona en automático. La gente parece haber prescindido de la política y sigue adelante como puede; está decepcionada. Salvo acciones fiscales e investigaciones de delitos ya consumados, nada se está haciendo en la sociedad para cambiar una realidad que no solo es de corrupción sino de ética, valores, formación y cultura.

El gobierno parece no entender que la transparencia empieza en la familia y en la educación. Y no hace nada al respecto.

Así está el Perú: es la realidad que le toca vivir a menos de dos años de su Bicentenario.

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