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Opinión

Miércoles de ceniza: prepararse para la muerte

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Ninguna frente política está en más necesidad de esa cruz que la del presidente Pedro Pablo.



Tremenda semanita que se nos viene con miércoles de ceniza encima. Esa cruz representa el inicio de una estación espiritual destinada a vivir el misterio pascual… o sea la muerte. Ya ningún analista se escandaliza. Fernando Rospigliosi hace gala de erudición respecto a vacancia presidencial y bulla callejera. Martín Tanaka toma la posta. Y así.

Argumentos políticos, razones judiciales… todo es importante. Pero a la hora de la hora al presidente lo vacan o lo hacen renunciar (a efectos de análisis es igual) solamente cuando la calle, llena de gente, demuestra que el presidente se ha vuelto indeseable para la masa ciudadana.

Hasta el momento esa regla de presencia callejera se sostiene, de modo que ante las calles vacías uno pensaría que PPK la libró. Las marchas callejeras por el indulto han disminuido, la encuesta ha retornado a su punto previo al indulto. De manera que seis de cada diez peruanos no se opone al indulto. La maraña de la CIDH correrá por su cuenta, y tranquilamente puede terminar con otro personaje en Palacio y con las calles esta vez llenas de una masa harta de ser gobernada desde una corte extranjera. Hasta 1820 era así, ¿no?

Es que hay que retroceder al siglo XVI temprano, tiempos en que los grandazos de Lima esperaban las resoluciones judiciales desde Panamá. En verdad, mirar de largo hacia atrás puede ser útil. Estamos a punto de batir un récord latinoamericano de vacar/renunciar al presidente sin ruido en las calles. Los que saben señalan que es imposible y con cariño les digo: veremos.

Volvamos a mirar atrás: esta vez a la proclamación de la independencia del Perú, acontecimiento crucial que abrió el camino para resolver una crisis de años. Hacía dos décadas que una línea divisoria —somos súbditos o somos ciudadanos— atravesaba familias, ciudades, conventos, corporaciones y casi toda mesa familiar. En esa coyuntura, el Perú fue capaz de salir adelante y cambiar de autoridades. Salió el virrey y entró San Martín sin mayor ruido en las calles. Nuestros antepasados lo lograron. No era fácil.

La polarización no solamente era ideológica. Se nutría de dos décadas de sangre, que no queremos procesar. Lo de Pumachua se acercó un instante al equilibrio estratégico gracias a cuatro capitales tomadas y escenas como la de dieciséis españoles apedreados en Puno o medio centenar volados de una sola explosión, entre ellos los padres del futuro presidente Santa Cruz.

Pero la transición fue a calle vacía. Así fuimos; así podemos ser.

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