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Miedo

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En la práctica, se ha perdido el derecho a opinar en libertad sin ser calificado enemigo del país o aliado de los corruptos; se ha perdido el derecho a la defensa de principios sin que estos se personalicen. ¿Acaso aquello no es lo que caracteriza a un régimen totalitario? Que los incrédulos pregunten en Venezuela cómo comenzó el desastre.



Se dice que lo único irreversible es la muerte, pero no es tan cierto: el miedo es un sentimiento que se ha apoderado de los peruanos desde hace muchísimo tiempo y pareciera que no hay vuelta atrás.

Existen los clásicos: la inseguridad ciudadana, acostarse pensando que un incendio doméstico nos calcinaría hasta la desaparición porque, uno tras otro, indolentes ministros del Interior no han sabido ejecutar el presupuesto designado a los bomberos. El temor de los inversionistas al súbito cambio de las reglas de juego o mala fe en la ejecución de los contratos; el pánico a los abusos de la “respetada Policía Nacional”; los sorpresivos embargos de cuentas por parte de Sunat; o el rechazo a un crédito bancario por una pequeñísima deuda olvidada y reportada ante centrales de riesgo. Son temores a los que nos hemos acostumbrado, mansamente.

Pero HOY hay un elemento adicional de desasosiego: la ruptura de la legalidad. Pavor debería darnos el absoluto estado de negación del presidente del Poder Judicial, quien tuvo el cinismo de declarar hace pocos días: “La ley es igual para el más grande y el más chiquito […] el Perú es democrático con autonomía plena de poderes”, cuando los hechos nos demuestran lo contrario. Se trató de una entrevista en la que evadió todas las preguntas complicadas, convertido en un Poncio Pilatos cualquiera.

La gente que uno menos imagina aplaude la justicia digitada y predica sin ningún pudor que hay que aplicar la Ley del Talión: ojo por ojo, diente por diente. Proclaman que es necesario que la justicia recaiga nuevamente en manos del pueblo. ¡Qué tal confusión! Justamente la democracia es el mecanismo más perfecto que se conoce de ejercicio del poder por el pueblo; pero a través de la institucionalidad y no de una justicia retributiva antediluviana.

Habría que recordarles que la verdadera seguridad no es solo tener un marco jurídico sino que se aplique correctamente; saber identificar el camino a la protección y no que esta genere más temor. En ese contexto, la Constitución es nuestro contrato social y, al igual que las leyes, es muda. Necesita que hablen por ella; requiere de interpretación y es ahí cuando aparece el problema cuando prevalecen los intereses, las ideologías y los sesgos políticos. Los encargados de hacerlo –en quienes el pueblo confió– están fracasando porque en el Perú cada día hay más recelo, y no necesariamente respecto al ladronzuelo del celular sino a la rápida destrucción de nuestra incipiente democracia.

En la práctica, se ha perdido el derecho a opinar en libertad sin ser calificado enemigo del país o aliado de los corruptos; se ha perdido el derecho a la defensa de principios sin que estos se personalicen. ¿Acaso aquello no es lo que caracteriza a un régimen totalitario? Que los incrédulos pregunten en Venezuela cómo comenzó el desastre.

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